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sábado, 20 de julio de 2013

REINO DE ASTURIAS: El crepúsculo de los reyes

             El 12 de junio del año 901 el emir Abd-Allah envía contra la ciudad de Zamora a millares de bereberes fanáticos, guiados todos ellos por Aben al-Kin. A pesar de contar con tan numeroso tropel de musulmanes, aquel ejército exaltado, deseoso de servir a la causa de la Guerra Santa, la Cruzada musulmana, es derrotado por las mesnadas de Alfonso III en la batalla conocida como La Jornada del Foso de Zamora, o simplemente El Día de Zamora. Esta victoria afianzaría el poder el rey asturiano frente a las aspiraciones del emirato cordobés de frenar el avance del reino astur. Alfonso III se encuentra ya a orillas del río Durius (Duero), frontera natural que intenta alcanzar antes del fin de su reinado. Por el occidente ya lo había conseguido tiempo atrás, por el centro no faltaba más que fortalecer las posiciones con un mínimo de seguridad, por el oriente iba algo más lento. Pero en 907 ya se halla en disposición de asegurar la frontera central del Durius con varios castillos y ciudadelas, como Castrojeriz o Burgos, desde donde poder realizar las incursiones oportunas en tierra musulmana, como la de ese año, en que llegó hasta la propia Toletum, aprovechando el regreso para tomar Balad al-Walid (Valladolid).
Estatua de Alfonso III "el Magno"

                Continuando con su política de recompensar a sus súbditos, Alfonso concede notables prebendas al conde Lucidio, establecido al sur del río Miño. Al clero, con el que sucedía otro tanto de lo mismo, lo mima con regulares ofrendas, como la Cruz de la Victoria, pieza notable de orfebrería labrada en el castillo de Gozón en 908; a la catedral de Asturica concede otra Caja similar a la anterior, hecha de plata dorada. Su hijo Fruela y la esposa de éste, Nunila Jimena, siguiendo las enseñanzas de su padre, regala la Caja de las Ágatas al Salvador de Oveto.
Caja de las Ágatas
                Los últimos días de vida, así como de rey, debieron de haber sido para Alfonso de una profunda decepción. Todo se sitúa en el año 906, según otros eruditos ocurrió en 907, incluso algunos lo retrasan a 908 y alguna voz sitúa el hecho en 910. Volvía Alfonso a la Corte después de haber tomado el castillo de Quinicialubel cuando se entera de que su propio siervo, Addanino o Adonino, tramaba contra su vida. Puesto el intento de magnicidio en oídos del monarca, éste manda matar no sólo al siervo, sino también a todos los hijos de éste, no sin antes hacerles confesar quién era el instigador de la traición: sus propios hijos, García, Fruela y Ordoño. Alertado, pues, de la conjura, se dirige hacia Zamora, en donde prende a García y lo encierra en el castillo de Gozón. Entre tanto, sus otros dos hijos y el conde castellano Muño o Munio Núñez, suegro de García, siguen conspirando contra el rey a sus espaldas a tal punto, que obligan a Alfonso a abdicar. Finalmente, Alfonso huye o se retira al pueblecito de Boiges, alejado por completo de la política. A pesar de todo, en 910 se le concedió realizar una última expedición contra el reino cordobés, la cual lleva a cabo, como casi siempre, victorioso; pero a la vuelta cae enfermo en Zamora y en diciembre de ese mismo año, el 20 de diciembre, expira allí mismo. Tal vez su alma se haya repartido entre tantos monasterios como construyó o reformó en todo el reino: San Pedro de Montes y Peñalba en el Birerzo, Sahagún en León, Távara y Moreruela en Zamora, Cardeña en Burgos… Con su muerte el reino sufre una transformación crucial: el eje principal de la política, ya muy deteriorado en Oveto, se traslada de forma oficial a la meseta leonesa, a cuya cabeza se sitúa García, mientras que sus hermanos se reparten como gobernadores de Gallaecia (Ordoño) y Asturias (Fruela). Dos años después de este reparto, el emir abd-Allah muere en Corduba. Es el fin de un período y el comienzo de una larga agonía que no tendrá término hasta finales del siglo XV: ochocientos años de guerra civil.
El rey astur-leonés Fruela II


                No obstante, el reino astur aún tendría un epílogo, un último gesto antes de entregar el trono a la vecina León. García, primogénito de Alfonso III y elevado al trono, establece la capital en León, dejando a sus hermanos el gobierno de Galicia y Asturias, como acabamos de ver, pero subordinados al naciente reino de León. Después de algo más de tres años de reinado, García I muere (914) sin descendencia, por el cual motivo es sucedido por su hermano Ordoño II, reuniendo bajo su mano todos los territorios que había poseído su padre, Alfonso III, a excepción de la Asturias de Fruela. En el año 914 Ordoño II muere, dejando huérfanos a sus hijos Alfonso, Ramiro y Sancho; sin embargo, quien asciende al solio no será ninguno de los hijos del soberano muerto, sino su hermano menor, Fruela. Así pues, se puede afirmar que durante un período corto de tiempo, algo más de un año, Fruela II aglutinó todo el reino bajo su poder como último rey asturiano. Tras su muerte en 825 la Monarquía pasaría a ser de forma definitiva Leonesa. Su breve reinado lo resume en unas pocas líneas el obispo Sampiro: En el año 924, muerto Ordoño, le sucedió en el reino su hermano Fruela. Por la brevedad del mismo no alcanzó ninguna victoria ni combatió a ningún enemigo, salvo a los hijos de Olmundo, a los que, según dicen, mandó matar siendo inocentes. También se dice que por castigo divino perdió pronto el reino, pues tras la muerte de los hermanos desterró, también sin culpa, al obispo Fruminio. Y así abreviado el tiempo de su reinado vino a morir enseguida por enfermedad, habiendo ocupado el trono un año y dos meses. Murió en agosto del año 825. De sus hijos, tres oficiales [Alfonso, Ramiro y Ordoño] y dos supuestos [Fortis y Eudon], fue Alfonso Froliaz, el mayor de todos ellos, quien le sucedió en el trono, pero al cabo de unos pocos meses fue apresado y cegado, junto con sus familiares, por su primo Ramiro, hijo de Ordoño II. Curiosamente este Alfonso Froilaz, si bien fue rey, no obtuvo el ordinal correspondiente, pues el conocido como Alfonso IV fue su primo, hermano de Ramiro II e hijo de Ordoño II. Pero, ésa es otra historia…
Santianes de Pravia

martes, 16 de julio de 2013

REINO DE ASTURIAS: El rey magno

               Ordoño I deja el trono a su hijo Alfonso, que será el tercero con este nombre. Las nunca terminadas intrigas palaciegas, heredadas de la corte visigoda, dan al traste con las primeras intenciones alfonsinas, pues el conde gallego Fruela Vermúdez, nombrado el Apóstata, se hace fuerte en la capital del reino, Oveto, y Alfonso se ve obligado a huir hacia Castilla para salvar la vida. Con él huyen los nobles Piniolo, Aldonza y algunos más, todos los cuales se refugian en las propiedades del conde Rodrigo. Desde ahí Alfonso organizsa un ejército con la nobleza que le era partidaria, sobre todo castellana; a los ya mencionados deberíamos añadir otros como Ordoño de Oca y Gonzalo de Burgos, por ejemplo. La recuperación del trono, sin embargo, se le pone muy cuesta arriba, pues Fruela Vermúdez parece ejercer como rey desde Oveto y busca la alianza del conde
Alfonso III "el Magno"
 vascón Eilo y sus dos hermanos. Alfonso divide, entonces, el ejército en dos: una parte se dirige hacia Asturias a las órdenes de Rodrigo y otra parte la conduce él mismo contra Eilo. La victoria le sonríe en los dos frentes; Eilo consigue escapar y se refugia en Asturica, de donde desaparece y nada más se sabrá de él. En Álava, no obstante, las cosas no acaban de calmarse. Una vez recuperado el trono, los vascones vuelven a intrigar contra Alfonso, quien se determina a poner fin a los recelosos nobles casándose con la princesa navarra Jimena. Son años confusos también en el bando musulmán, pues andan en disputas políticas y militares casi por todo el territorio. Alfonso III no deja pasar la oportunidad que le brindan estas disensiones y coloca al gallego Vímara Peres al mando de un cuerpo expedicionario, que llega a las puertas de Bracara Augusta (Braga) y la ocupa; luego, continúa hacia Portucale y también logra hacerse con ella. Entre tanto, el conde Odoario se establece en Aquae Folavia (Chaves), ampliando de este modo los límites del reino. Para consolidar estas nuevas conquistas y que no fueran una mera incursión soldadesca, como en tiempos anteriores, encarga a Odoario que repueble cuanto antes la zona comprendida entre los ríos Miño y Duero, de manera que este segundo río sirva como una especie de frontera o muralla natural ante los posibles ataques del emir cordobés. Pero Alfonso no es un rey magnánimo para con el enemigo: cuando se le rinda la plaza fuerte de Daubal, ejecutará a todos sus defensores sin piedad; hecho éste que contrasta con su devoción, seguramente interesada, hacia la religión cristiana, dado que en 869 dona la iglesia de Santa María de Tenciana (Tiñana) al presbítero Sisnando. Además, son constantes las donaciones hacia varias iglesias más, como la de Campus Stelae, casi ninguna en territorio de la actual Asturias.
Alfonso III
                Como refuerzo al pacto con la nobleza de tierras alejadas y con la clara intención de que no se soliviante contra él, empeñado en llevar la guerra más allá de donde lo habían hecho sus predecesores, el rey Magno casa su hermana Leodegunda con un príncipe del linaje Arista de Pompaelo. Aún va más lejos, pues en un acto más que le asegure el apoyo de todo el reino, confía a su recién nacido vástago Ordoño, su primogénito y futuro heredero a la corona, a los muladíes zaragozanos para que lo eduquen; de esta forma mantiene bajo sus miras, de una u otra forma, casi toda la franja al norte del río Duero. Desocupado, pues, por los asuntos de política interna, se lanza de nuevo hacia el exterior y en apenas un año llega hasta Emerita. Insiste, siguiendo a su padre Ordoño I, en repoblar el territorio al coste que fuere necesario, así que también se dedica a levantar monasterios, capillas, ermitas o cualquier construcción que atraiga habitantes; con este propósito erige en 872 Santa Comba de Bande y más tarde los monasterios de Sahagún y Samos, en Lugo, en donde se afanan en trabajar copistas religiosos. Entre sus actos piadosos de donaciones a la institución eclesiástica está el encargo de una cruz, hecha en el castillo de Gozón, para donar a la iglesia de Campus Stelae a imitación de la que había encargado Alfonso II para San Salvador.
Como ya venía siendo habitual, en el emirato re recrudecen las rebeliones. En Badajoz se subleva ibn-Marwan, y Alfonso no pierde tiempo en apoyar el movimiento. También envía algunos hombres en apoyo de otro insurreccionado, Saadun ib-Fath al-Sorambaki (876). Merced a estas alianzas las huestes asturianas, al mando de Hermenegildo, alcanzan en 877 u 878 las ciudades de Viseu y de Conimbriga (Coimbra), lo que le permite al rey astur dominar la zona del Vouga y el Mondego. Mientras fortalece estas posiciones, Alfonso trata de distraer la atención del emir Muhammad concertando una alianza con los Banu Qasi del Ebro, hecho que provoca una expedición musulmana, al mando del general Haxim, contra Legio y Asturica (878); pero es derrotada en Polvoraria, cerca de Benavente, en la confluencia de los ríos Órbigo y Ástura (Esla), siendo ratificada por otra derrota posterior en Valdemora, cerca de Carbajal, en León. Estas dos victorias le dejarán el paso franco para ocupar las plazas de Deza y Atienza, y para repoblar Dueñas, Suimancas (899) y Toro (900).
La Cruz de la Victoria
Tres años después de la campaña infructuosa de Haxim, Alfonso III conduce sus tropas más allá del río Tajo, hasta el monte Oxiferen, en Sierra Morena, ante la imposibilidad de que el emir pueda ponerle freno, ocupado como estaba desde hacía un año en sofocar la rebelión que en Malaca (Málaga) había llevado a cabo el muladí Omar ibn-Hafsun. Pero este año de 881 también es un año muy productivo desde el punto de vista cultural y artístico, amén de significar el punto de partida de la gran obra repobladora del rey Magno. Es el año de la restauración del monasterio visigótico ya mencionado de Santa Comba y de la capilla de San Ginés de Francelos. También comienza a prestar más atención a Oveto, cuyos nobles palaciegos sentían cierto malestar por el olvido en que el rey les tenía, así que Alfonso manda construir una muralla interior que rodee el conjunto áulico erigido por Alfonso II, al igual que amplía el número de edificios de la urbe: un palacio real, la iglesia de San Juan y una fuente pública que canaliza las aguas de un manantial para abastecer los barrios lindantes [se trata de la fuente de Foncalada, la única de todas estas construcciones que se ha conservado y en cuyo frente campea la cruz asturiana VEXILLVM REGIS). También éste es el año en que aparece la primera versión de la primera historiografía escrita durante la Monarquía Asturiana: la “Crónica albeldense”. Se desconoce el autor de la misma, en donde se narra la historia de los emperadores romanos, los reyes godos y los reyes asturianos; esta obra fue definitivamente revisada dos años después, años en que también aparece, concretamente en abril, la “Crónica profética”, en la que se da vía libre para asentar las bases de la Reconquista, pues en ella se alude a unas profecías de Ezequiel, según las cuales los musulmanes serán expulsados de la península por el rey Magno. La tercera obra de cierta importancia será la “Crónica de Alfonso III”, escrita después de este año y en la que se cuenta la historia desde el año 672 hasta 866; es decir, desde el reinado del visigodo Wamba hasta el asturiano Ordoño I, padre del rey Magno.
La fuente de Foncalada en Oviedo
El obispo de Oveto, Hermenegildo o Hermegildo debió de sentirse feliz cuando su rey trae de Corduba los restos del mártir Eulogio y los incorpora a los de Santa Leocadia en la Cámara Santa, la cual dedicará a San Miguel. Sin embargo, la obra culminante de Alfonso III está situada en el valle de Boides, en Valdediós, cerca de Villaviciosa; del complejo palatino que erigió allí, y al que el rey Magno se retiró en las postrimerías de su reinado, sólo se conserva la basílica de San Salvador, popularmente conocida como “el Conventín”. Otras obras de esta época Alfonsina son la abadía de San Adriano de Tuñón, consagrada en el año 891 junto al río Trueba; San Salvador de Priesca, próxima a Valdediós; Santiago de Gobiendes, en las estribaciones del Sueve, etc. Todas ellas muestran el influjo de los emigrantes mozárabes y muladíes venidos del sur de la península: se trata de un estilo fundamentado en un sincretismo del arte de Alfonso II y las ideas llegadas del exterior.
Entre tanto, el poderío del reino astur se hace notar en Corduba. El emir omeya, en vista de los graves problemas que surgían entre sus súbditos y el creciente empuje de Alfonso III, propone al rey Magno negociar la paz por vez primera desde Pelayo. El rey astur envía al presbítero Dulcidio a la capital del emirato para que se encargue del tratado y, aunque llegó a inquietar su larga ausencia, pues que en noviembre todavía no se sabía nada de él, la paz fue efectiva. Este pacto entre Corduba y Oveto resuena en los habitantes de la península, que ven al reino asturiano como una meta para iniciar una nueva vida. Aquel diminuto reino cristiano se había convertido en un reino poderoso y garantizador de prosperidad para los ciudadanos. La enorme afluencia de extranjeros permitió el repoblamiento de la zona desertizada al norte del Duero (Tierra de Campos). Al mismo tiempo, Alfonso se ve favorecido por las ideas que la iglesia va inculcando en la población: los reyes asturianos son los descendientes y continuadores de los reyes visigodos, y su misión es la de volver a apoderarse de todo el territorio peninsular, expulsando al infiel.
San Salvador de Valdediós, "el Conventín"
Mientras, el toledano Muhammad ibn-Lupp planea restituir en el solio de Caesaraugusta a la dinastía Banu Qasi, para lo cual pide ayuda a Alfonso; éste no sólo se la niega, sino que se le opone, reprochándole haber quebrantado un pacto que había hecho con su padre, Ordoño, al aliarse con el emir.
Después de largos años de estancia en la corte asturiana, ibn-Marwan decide regresar a Badajoz, si bien no se sabe con certeza el motivo, pues al poco de establecerse allí inicia las hostilidades contra el reino astur (884) sin renunciar a la guerra contra el emir cordobés Muhammad I, que fallece un año después, siendo sucedido por al-Mundhir, muerto al cabo de dos años y sucedido por Abd-Allah.

Aunque Alfonso prosigue con sus conquistas territoriales [ocupa Zamora en 893, gobernada hasta entonces por el berberisco Aben al-Kin], la Iglesia es punto referente, junto a la repoblación, de su política. Tal vez sea ése el motivo por el cual a la consagración de San Salvador de Valdediós en 893 asistieran nada menos que siete obispos. No obstante, la más destacada acción que el rey Magno haría en favor del cristianismo tuvo lugar el 6 de mayo de 899, cuando consagra la iglesia restaurada de Sant Yago de Campus Stelae, a la que durante los años que llevaba reinando había regalado trece donaciones. La propaganda que se hizo de este acto, así como de su importancia religiosa, supuso el espaldarazo definitivo como centro de peregrinación europea, lo que contribuyó en gran medida a la penetración en la península de las corrientes culturales, políticas, sociales y religiosas de todo el Occidente. El Camino de Santiago [mejor hablar de los Caminos de Santiago] tal vez fuera, junto a la idea de Reconquista, la operación de marketing más impresionante de la Monarquía Asturiana. Desde luego, supuso para Alfonso III el empuje final a su política de reafirmación del reino, cuya influencia no podía ya estar sometida, como le venía demostrando desde su llegada al trono, a la orografía norteña; de ahí que poco a poco fuera actuando con vistas a una zona más apropiada, lo que con el tiempo se convertiría en el reino de Castilla. Para que su labor no cayera en pozo sin fondo, tan pronto como su hijo Ordoño llegó a la edad madura, lo acercó a su lado y le encomendó diversas tareas políticas, como el gobierno de Gallaecia, y militares, como la expedición que le llevó hasta las puertas de Hispalis. 

sábado, 13 de julio de 2013

REINO DE ASTURIAS: El principio del final

              Siguiendo las directrices en política exterior que sus predecesores en el trono habían llevado a cabo, Ordoño apoya cualquier sublevación contra Abd al-Rahman II en tierras del emirato. Así es como envía algunos destacamentos para socorrer a los muladíes de Emerita. Cuando en 852 muere el emir, el descontento general provoca un gran número de rebeliones: Tudela, Toletum, Emerita, Bobastro y la propia Corduba. Muhammad I, el nuevo gobernante, tiene que hacer frente a todas ellas, lo que intenta aprovechar Ordoño en su favor enviando un ejército bajo las órdenes del conde Gatón del Bierzo en ayuda de Toletum. Al encuentro de éste le sale al paso otro ejército musulmán cerca de Almonacid. En la batalla, que pasó a la historia como la de Guadacelete, las huestes de Ordoño sufren una sonada derrota.
Ordoño I
Escarmentado, el soberano astur se inclina hacia la política interior. En 856 intensifica el repoblamiento de Amaya, Tuy, Legio [a cuyo encargo quedó su propio hijo Alfonso, que más tarde se dirigiría a Orense con el mismo propósito] y Asturica, creando tanto en Legio como en Asturica sendos obispados. Precisamente fue en este año, según una leyenda local, cuando tiene su origen el pueblo lavianés de El Condado, cuya seña de identidad se remonta a la época de la dominación romana, pues se cree que los cimientos de un torreón defensivo reconstruido en varias ocasiones tiene entonces su origen; de esta época datan una casa-palacio y la leprosería de San Lázaro de Colmillera.
 En 858 ó 859 los normandos regresan a las costas hispanas y desembarcan en Guipúzcoa. Ante la poca resistencia que encuentran avaanzan hacia el interior hasta llega a Pompaelo, en donde apresan al conde García Íñiguez, liberado posteriormente después de pagar una fuerte suma por su rescate. Volviendo sobre sus pasos, se embarcan de nuevo hacia occidente y llegan a Gallaecia, en donde sus habitantes ya estaban sobre aviso y bien pertrechados, gracias a lo cual el conde Pedro no sólo les impide tomar tierra, sino que los expulsa de forma definitiva.
Santa Cristina de Lena
 Entre tantas acciones bélicas, Ordoño todavía tiene tiempo para mandar construir una ermita dedicada a Santa Cristina en el valle del río Lena, en un promontorio cercano al camino que conduce hacia el sur. Por su estilo ramiriense hay quien opina que fue durante el reinado de Ramiro cuando se erigió, aunque la opinión más generalizada lo sitúa bajo los auspicios de Ordoño. Lo que sí parece claro es que el arquitecto es el mismo, incluso no sería descabellado pensar en que fue Ramiro quien haya ordenado su construcción, siendo consagrado durante el reinado de Ordoño. En fin, aparte de este magnífico ejemplo de arte prerrománico asturiano, el reinado de Ordoño destaca por una batalla de gran trascendencia, pues marca lo que va a suponer el afianzamiento definitivo del pequeño reino cristiano. En 859 la familia de los Banu Qasi intenta sustraerse de toda la influencia cordobesa y asturiana, en cuyas posesiones se hallan ambos reinos muy interesados, pues suponían un importante punto estratégico para el dominio oriental de la península. Así pues, Banu Qasi Musa ibn-Musa, valí de Caesaraugusta, decide fortificar el castillo de Albelda de Iregua, en Logroño, cercano al desfiladero de Viguera. Sin perder tiempo Ordoño manda al conde García Íñiguez a que tome el castillo antes de que terminen las obras y sea imposible su asalto. El conde se apresura hacia Albelda y en el Monte Laturce se topa con las tropas de los Banu Qasi bajo el mando del muladí Musa II ibn-Fortun, señor de Tudela. El ejército de Ordoño consigue una victoria decisiva, identificada por algunos autores con la de Clavijo. Desde tan privilegiado puesto, el poder del rey asturiano se extiende hacia las plazas fuertes de Coria y Talamanca.
Representación de La batalla de Clavijo, por Conrado Giaquinto
Ordoño tampoco descuida uno de los puntos fuertes de su política: el repoblamiento de las zonas bajo su dominio. Así que encarece al conde Rodrigo de Castilla que amplíe las presuras hasta Amaya. Corre el año 860 y también hay que contentar al clero, por lo que dona al obispo de la reciente sede leonesa, Frominio, nada menos que la iglesia de Santa Eulalia de Ujo, la basílica de Santa María y la decanía en la que estaba el monasterio de San Martín, en la “villa Sauceta”. Al año siguiente concede prebendas al conde Fruela de Lucus Augusti, algo que también hará con el conde Gómez del alto Ebro cuatro años más tarde.
El rey Ordoño I

                Unas nuevas rebeliones de los Banu Qasi de Toletum y los Banu Marwan de Emerita, a quienes presta su poyo contra el poderío de Corduba, le permiten avanzar hasta Helmantica sin tropiezo alguno. Pero en 862 el emir envía una expedición contra Álava que consigue frenar el progresa cristiano. Al año siguiente otra aceifa desemboca en una estrepitosa derrota asturiana, aunque no lo fue tanto como la que en 865 hubo de soportar Ordoño; un gran ejército cordobés saquea las riberas del Ebro y el Bureba, recientemente repobladas, y a continuación divisa las tropas cristianas comandadas por el conde Rodrigo cerca de Miranda del Ebro. Ambos bandos se encuentran en el desfiladero de Morcuera y el descalabro fue tal, que casi contrarresta el éxito que Ordoño había obtenido seis años antes en Albelda. En 866, finalmente, las Parcas cortan el hilo de la vida de Ordoño I y sube al poder el Magno, Alfonso III, hijo de Ordoño y último rey de la Monarquía Asturiana. Hemos visto cómo el reino astur había nacido con Pelayo, cómo se cimentó con Alfonso I y cómo Alfonso II lo había consolidado; ahora le toca a Alfonso III convertir el pequeño reino cristiano en el gran oponente al emirato de Corduba. Tras él, el reino astur-leonés sonará en las cortes de todo el continente.

miércoles, 3 de julio de 2013

REINO DE ASTURIAS: Un rey para un reino

             Después de una incursión musulmana más sin trascendencia alguna, podríamos decir que 812 es el año en que dan comienzo las obras constructoras dentro de Oveto. En ese año y a unos ochocientos metros al norte del casco urbano de la capital, se ponen los cimientos de la iglesia de Santullano, consagrada dieciocho años después a los santos orientales Julián y Basilisa. Es más que probable que los encargados de las obras, arquitectos, pintores, escultores, ingenieros… hayan basado sus proyectos en ideas neogoticistas venidas de allende las fronteras, sobre todo mozárabes que van llegando al reino cristiano en grupos no muy numerosos, pero sí fluidos.
Alfonso II el Casto
                De toda aquella ingente tarea apenas nos ha llegado una muestra; de la basílica erigida en honor de San Salvador y Santa María nada queda, y sólo se conserva de forma fragmentaria la cabecera del templo de San Tirso y algunos restos del palacio real. Mención aparte merece la Cámara Santa, originariamente unida al palacio y que conservaba en su cripta los restos de Santa Leocadia, patrona de la iglesia de los Concilios de Toletum. En fin, la capital quedaba organizada de modo aproximado de la forma siguiente: la basílica de San Salvador se encontraba en donde hoy día se alza la catedral, situándose a su cabecera el monasterio de San Vicente; a la izquierda se vería el panteón real de Santa María del Rey Casto; a la derecha de San Salvador se alargaba en paralelo el palacio del rey con la Cámara Santa en su cabecera y, perpendicular a éste, las dependencias reales; desviada a la izquierda de todo este conjunto, la iglesia de San Pelayo y a la cabecera de ésta la iglesia de la Corte; al otro lado de la actual plaza de la catedral tendríamos la iglesia de San Tirso, de la que se conserva la cabecera y, en la esquina opuesta a ésta, la iglesia de la Santa Cruz. Para proteger todo este importante conjunto áulico Alfonso II mandó levantar una muralla que lo rodeara en su integridad y que sirviera de freno a posibles aceifas musulmanas, como las que habían realizado los hermanos al-Malik y al-Kerim a finales del siglo anterior.
La Camara Santa 
                Pero este nuevo entramado defensivo no podía evitar que el emirato cordobés pusiera en alerta al rey Casto con una nueva ofensiva. Un gran ejército se dirige hacia el norte con la intención de atacar Álava y Bardulias, zona que abarcaba la actual comarca riojana y sus alrededores. Merced a la alianza de Alfonso con Pompaelo, las fuerzas del monarca astur y las del gascón Velasco hacen frente común contra el enemigo sarraceno. La batalla de Orón, llamada Wadi-Arun por los árabes, en 816 causó estragos en los dos bandos: el número de bajas fue excesivamente elevado tanto por parte de los cristianos como de los musulmanes.. Si bien podría considerarse que la balanza se inclinó del lado de Alfonso y Velasco, no cabe la menor duda de que fue una victoria pírrica, cuyo único resultado real fue el de haber frenado el avance enemigo. Más lo debió de sentir el emir, pues al año siguiente, y ante su política un tanto vaga, el arrabal cordobés de Secunda se rebela contra la autoridad.
                Mientras tanto, Alfonso II el Casto se atrae los favores de los nobles gallegos y vascones mediante concesiones un tanto “sospechosas”, como las prebendas reales que concede a Aloite, conde de Campus Stelae (Compostela) en 818. En cuanto a la Iglesia, el rey insiste en tenerla mimada y al mismo tiempo ocupada en asuntos ajenos a la política, objetivo que consigue a medias. Posiblemente fuera ésa la finalidad del Concilio de Oveto en 821, a donde acude una pequeña embajada enviada por Carlomagno y que da a entender que el reino astur comenzaba a ser tenido en cuenta fuera del ámbito peninsular. Estas relaciones con el poderío franco abren la puerta para que Alfonso II adopte la moneda carolingia en sustitución de la empleada hasta entonces en el reino, consiguiendo reanimar la empobrecida economía. Además, Alfonso no interrumpe su política de pacto y aprovecha cualquier resquicio para fortalecerlos, como cuando los muladíes del Ebro se rebelan contra Corduba: Alfonso no duda en ofrecerles su apoyo, lo que provoca las iras del emir que en 823 envía otra expedición de castigo contra Álava, que le valdrá una nueva derrota. Poco después, son los muladíes y mozárabes de Emerita Augusta (Mérida) y Toletum los que se alzan en rebeldía, y también a éstos los apoya Alfonso II. Ante tal perspectiva, el entonces emir Abd al-Rahman II envía dos cuerpos de ejército contra Gallaecia, siendo vencidos ambos en 825: uno en Anceo, Pontevedra, y el otro en Narón, Lugo.
Monedas carolingias de plata
                A pesar de sus ocupaciones como general, el rey asturiano no descuida los deberes para con los actos píos y religiosos. Así, en 829 la iglesia que había ordenado erigir en Campus Stelae, en el lugar en que había aparecido el supuesto sepulcro de Santiago el Mayor, se beneficia de una importante donación fundacionaria, la primera de otras muchas que seguirán. La institución real, pues, está consolidada, al menos la figura de Alfonso II. La oposición se diluye y pierde fuerza. El rey Casto vence a los musulmanes en el campo de batalla y al mismo tiempo impulsa la economía maltrecha, engrandeciendo, a su vez, el reino con una capital embellecida con el paso de los años. Por el contrario, la figura legendaria de Bernardo de Carpio, representante de la rivalidad entre pro-alfonsinos y contra-alfonsinos, permanece silenciada. Tan sólo surgen rumores divulgados maledicentemente entre el campesinado, como el que apuntaba a que, ante la soltería de su rey, el pueblo murmurase que estaba casado en secreto con Berta, hermana de Carlomagno; otros rumores se dirigían a una relación incestuosa con su propia hermana Jimena. Tampoco faltaban chismes que relacionaban a Jimena con el conde de Saldaña, Sancho Díaz, de quien habría tenido un hijo, el tal Bernardo de Carpio, y que habrían entregado a unas “dueñas” para su cuidado, a quienes visitarían de vez en cuando los dos amantes. Así, tan pronto como Alfonso se habría enterado del asunto, pues se lo revelaría su primo Ordoño, que pretendía casarse con Jimena para acceder al trono, habría mandado recluir a su hermana en un convento y al conde encadenarlo en el castillo de Luna, al tiempo que habría prohijado al pequeño. En cuanto a Ordoño, su cadáver habría de aparecer una mañana en las inmediaciones de la basílica de San Julián.
Catálogo de los reyes cordobeses y asturianos
                Aparte de esta leyenda, nada de cierto hay en esta etapa del reino de Alfonso II que incite a pensar en oscuras maquinaciones contra su poder, pues la nobleza se sentiría lo suficientemente débil como para mantenerse a la espera de tiempos mejores. Su fama, la del rey, había llegado a tal punto que, cuando en 833 los muladíes emeritanos son sometidos por las fuerzas cordobesas, el rebelde Mahamud huye de la ciudad y se refugia en la corte ovetense. Después de conseguir someter las plazas sublevadas, Abd al-Rahman II reinicia sus ataques contra el reino del norte, así que en 838 envía una expedición contra Álava y Bardulias, y otra más contra Gallaecia. Al año siguiente vuelven los musulmanes a intentar debilitar a los cristianos, pero no sólo son derrotados, sino que incluso el mismo Alfonso II osa internarse en territorio hostil. En 840 es Abd al-Rahman en persona quien se adentra al frente de su ejército en las tierras galaicas, en donde es rechazado por las huestes de Alfonso. Nuevamente éste, el rey Casto, afrontará al año siguiente otra incursión musulmana encabezada por el hijo del emir, al-Mustarrif.
El Oviedo de Alfonso II

                El largo reinado de Alfonso II el Casto va llegando a su fin en 842, año en que entrega su alma a la Providencia. A su muerte deja un reino fuerte en todos los aspectos. Gallaecia, Asturica, Legio y Bardulias ya se hallan repobladas y fortificadas, Oveto se prepara para recibir sus últimos toques artísticos [que habrán de ser los más representativos, duraderos y admirados], Álava y Cantabria están plenamente integradas en el reino. Y a pesar de todo, el único problema que dejó sin resolver casi acaba destrozando toda su labor: había muerto sin descendencia, aunque había estado educando para sucederle a Ramiro, hijo del rey Vermudo; pero el fallecimiento del rey Casto le había cogido en Batrdulias, donde había acudido para asistir a la celebración de su propia unión marital, en segundas nupcias, con Paterna. Entre tanto, en Oveto la facción nobiliaria que se había mantenido agazapada bajo el yugo de Alfonso se levanta de golpe y nombra a Nepociano nuevo rey, del cual los relatos tradicionales dicen que se había casado  con Jimena, la supuesta hermana de Alfonso II, por el cual motivo reclamaba el cetro.

sábado, 22 de junio de 2013

REINO DE ASTURIAS: Un sueño hecho realidad (I)

               El diecisiete de septiembre del año 791 Alfonso, hijo de Fruela I y nieto de Alfonso I, es proclamado rey de las Asturias. La primera decisión que toma el nuevo monarca es trasladar la capital del reino desde Flavionavia hasta Oveto, lugar  en el que había nacido hacía veinticuatro años, fruto del enlace del entonces rey Fruela y su esposa Munia. Es el año en que Hixem I sufre un revés en su política, pues se producen algunas revueltas independentistas en su emirato, evento que aprovecha Alfonso II para anunciar al emir su propósito de anular el pago del tributo concertado por sus antecesores en el cargo. El rey Casto, como se apodó a Alfonso II, ha arrojado el guante e Hixem I lo recoge. No se demora en la acción y envía apresuradamente una expedición de castigo por tierras alavesas, aunque no dio el resultado positivo que buscaba. Ante esta coyuntura el cordobés se abstiene de nuevos enfrentamientos armados hasta no haber zanjado antes las insurrecciones en su propio territorio.
El rey Alfonso II
                En cuanto al conflicto religioso entre los partidarios del adopcionismo y sus detractores, Carlomagno promueve un concilio en Ratisbona (792) para dirimir tales disputas continuadas [habrá otros dos concilios en los años 794 y 799 en Francfourt y Aquyisgrán respectivamente, antes de que el adopcionismo acabe siendo condenado].
                Las incursiones musulmanas en territorio astur serán una constante, si bien sólo las primeras causarían grandes estragos en la moral cristiana. Una de estas aceifas fue la del año 794. Hixem I pone al frente de las tropas a Abd al-Melik ibn-Abd al-Wahid ibn-Mugeit, que parte desde Asturica en dirección a Gallaecia, mientras su hermano Abd al-Kerim conduce otro ejército hacia Álava. El primero de ellos entra en la región asturiana siguiendo la senda de la Mesa y llega hasta la reciente capital, Oveto. Alfonso II abandona el lugar con todos sus efectivos y se lo concede al musulmán, que se dedica a cobrarse el poco botín que quedaba allí, ante la cual decepción destruye parte de las edificaciones, entre ellas el templo que Fruela I había erigido a San Salvador, santo protector de Oveto. Una vez terminada la devastación, al-Melik retrocede con sus hombres rumbo al sur, ajeno a las asechanzas del rey Casto, que reorganiza las tropas en San Martín de Lodón y aguarda la retirada del enemigo para emboscarlo. Elige un terreno cenagoso conocido como Lutos, donde la caballería apenas si puede maniobrar y la infantería se ve abrumada por la hostil ciénaga. Allí infringe a al-Melik una derrota, cuyos ecos no tardaron en llegar a oídos de su hermano, quien no puede hacer más que preparar una nueva expedición para vengar la derrota.
Alfonso II
                En la primavera del año siguiente al dolo de Lutos, al-Kerim parte de Asturica decidido a apresar al rey astur. Los dos bandos se encuentran en Torrebarrio y el ejército de Alfonso cae estrepitosamente, aunque él consigue huir junto con una gran parte de sus hombres. Al-Kerim no se detiene, sino que envía como vanguardia a cuatro mil jinetes bajo el mando de Faradj ibn-Kinana, en tanto él avanza con el grueso del ejército. El rey Casto, por su parte, deja a la caballería, dirigida por Gadaxera, junto al río Quirós con el fin de retardar la llegada musulmana y poder ganar el suficiente tiempo como para organizar las defensas de Oveto junto a su inseparable Teuda. Cuando la avanzadilla de Kinana se topa con la caballería de Gadaxera, la arrasa por completo y captura al propio Gadaxera con tal rapidez, que a Alfonso no le queda otro remedio que guarecerse en una fortaleza entre Las Caldas y Godos a orillas del río Nailo (Nalón), el río Wad-Abalon de las crónicas árabes. Allí lo mantiene Kinana cercado a la espera de la llegada de al-Kerim con el resto de las huestes. Pero la constancia y un buen plan hacen que Alfonso logre escapar del asedio; Kinana le persigue implacable hasta Oveto, a donde acude en primer término Alfonso. Finalmente, el rey astur, comprendiendo que en nada le beneficia aguardar en la sede del reino la venida de al-Kerim, abandona el sitio y se refugia con el resto de sus hombres en Primorias; es decir, en las montañas del Auseva con su orografía intransitable que supone un escollo demasiado arduo para los soldados musulmanes. Al-Kerim, lo mismo que tantos otros ejércitos desde la época del romano Octavio Augusto, comprende lo inútil de persistir en la captura de los huidos y desiste de apresar al rey Alfonso y se conforma con convertir Oveto en ruinas. A finales de septiembre o principios de octubre al-Kerim regresa a Corduba.
                De estas dos campañas musulmanas Alfonso II aprendió una lección muy importante: el reino astur no podía enfrentarse solo al poderío del emirato cordobés; así que durante los siguientes años divide sus esfuerzos en dos direcciones: conseguir apoyos y reconstruir la capital. De este modo, ese mismo año de 795 envía una embajada al poderoso Carlomagno, aunque quien recibe al embajador no fue el emperador franco, sino su hijo Luis de Aquitania, en Tolosa. Por desgracia para Alfonso, al año siguiente muere Hixem I y su sucesor, al-Hakam I, enterado de los tratos en que andan Alfonso y Carlomagno, envía una expedición hacia la zona alavesa para procurar deshacer posibles pactos, además de bautizar su nuevo reinado con la ya acostumbrada aceifa contra los cristianos del norte. Coloca a su hombre de confianza, Amrus, al frente del ejército y el general llega victorioso hasta Osca (Huesca), punto estratégico desde donde se pueden controlar los movimientos de tropas atures. Sin embargo, Amrus no tiene oportunidad de abalanzarse sobre el reino Alfonsín, pues al-Hakam le ordena que vigile más bien las pretensiones del rey carolingio. Desde Osca Amrus se halla ocupado no sólo en cumplir las órdenes del emir, sino también en sofocar las revueltas que se producen en tierras vascas. No se encuentra menos ocioso al-Hakam, rodeado de intrigas palaciegas, en las que se ve envuelto cada día.
El emperador franco Carlomagno

                Las relaciones diplomáticas de Alfonso comienzan a dar sus frutos. Coloca a Pompaelo de su parte y en 797 envía una segunda embajada a Carlomagno. En esta ocasión es el rey franco en persona quien recibe en Herrstad al legado, el conde Fruela, quien le ofrece de parte del rey Casto una tienda de campaña. Estas negociaciones le permiten tener las manos libres para llevar a cabo correrías por campo musulmán y en 798 llega incluso a asaltar la ciudad de Olissipo u Ollarpo (Lisboa). A su regreso a Oveto vuelve a encargar al conde Fruela una tercera embajada a Carlomagno, en esta ocasión en compañía de Basilisco. Para mostrar que no era un reino debilitado, si bien pequeño, Fruela lleva ante el emperador a siete musulmanes y otros tantos mulos y lorigas, conseguido todo ello en el asalto a Olissipo. Como respuesta del rey franco, el obispo Jonás de Orleans visita Asturias se supone que por deseo de Carlomagno, y más tarde Gallaecia, donde se entrevista con el obispo de Iria Flavia (Padrón), Teodomiro. Todos estos contactos con el reino carolingio aumentaron la oposición a Alfonso dentro de su propia Corte. Su política de acercamiento a potencias extranjeras era mal vista por la nobleza reacia al linaje cántabro. Ya se habían opuesto, según hemos comprobado, a que fuera nombrado rey de Asturias, pero las circunstancias y el tiempo habían hecho que fracasaran. Ahora, en cambio, se habían procurado un gran número de partidarios y se salieron con la suya al recluir al rey Casto en el monasterio de Ablaña, en la comarca mierense (801). Con el rey fuera de juego, al-Hakam emprende una nueva aceifa contra Álava, pero acaba en fracaso; vuelve, no obstante, a intentarlo una vez más dos años después, pero fracasa de nuevo.

sábado, 8 de junio de 2013

REINO DE ASTURIAS: Un período de descanso

Alfonso I el Católico dejaba a su hijo Fruela una difícil situación política. Además de la oposición que ya existía en años anteriores, surge ahora una disputa por hacerse con los derechos sucesorios, en relación directa con los dos linajes: el de Pelayo, de tipo matrilíneo, y el del duque de Cantabria, de tipo patrilíneo. A esto se suman los gallegos y vascones, que ya desde un primer momento no ven con buenos ojos una dependencia de la corte asturiana, así que se hallan soliviantados contra el nuevo rey. Para solucionar el problema, Fruela I ratifica con Abd al-Raham I el pacto firmado por su padre y se vuelca en sofocar los dos puntos de rebelión. En Pontuvio, pues, se enfrentan las huestes de Fruela y un ejército formado por gallegos y musulmanes; el rey astur se hace con el triunfo y sin más demora se dirigie hacia el extremo oriental para enfrentarse a los vascones. Sin embargo, éstos, viendo el resultado de Pontuvio, se inclinan por unas negociaciones que puedan salirles más ventajosas. Fruela, que estaba ansioso por gobernar un reino en paz, decide casarse con la noble alavesa Munia, despachando con un solo gesto la unión con los vascones.
Fruela I

                Durante los once años en que estuvo al frente de la corona, salvo estos comienzos y alguna escaramuza más, la paz le permitió dedicarse a tareas “intramuros”. De nuevo fueron los asuntos religiosos en los que se vio más inmiscuido. Aparte de favorecer con donaciones o exenciones al clero, que continuaba su tarea de amasar tierras y riquezas, erige un templo en Oveto u Ovectao (Oviedo) y allí mismo funda en 761 un monasterio dedicado a San Vicente, al parecer sobre un antiguo asentamiento de época romana. Puso al frente del edificio a Máximo y a Fromestano, a quienes siguieron sus propios siervos. El poder del rey sobre asuntos cristianos llega al punto de prohibir a los sacerdotes unirse en matrimonio con mujer alguna, algo que hasta entonces sí estaba permitido.
El rey Fruela I

                Con un decenio sin acciones bélicas de importancia y con una economía en alza, no paran de llegar emigrantes, y no sólo mozárabes, sino también musulmanes y muladíes [antiguos cristianos convertidos al islamismo]. Asturias se convierte entonces en un lugar heterogéneo, de mezcolanza indígena con tradición visigoda y forasteros con cultura musulmana. Por todo ello aparece una ligera tensión social dentro del campesinado y de la nobleza misma, una parte recelosa de sus privilegios y bienes ganados en años de lucha e intrigas, ansiosa la otra por integrarse en la nueva sociedad y hacerse un hueco en la corriente política y económica. Pero la tranquilidad se vio alterada por una aceifa por parte del emirato. En 766 ó 767 una expedición bajo las órdenes del general Abd al-Rahman, homónimo del emir, se dirige hacia Álava. Fruela sale a su encuentro y lo derrota. A pesar de la victoria, una facción se le opone, probablemente instigada desde Galicia y Vasconia. Cabe la posibilidad de que esta facción apoyase a un tal Vimara, según algunos hermano del rey, que pretendía hacerse con el trono por el medio expedito del homicidio; pero Fruela se adelanta a tales intenciones y ordena su ajusticiamiento, incluso hay quien opina que fue el propio Fruela quien ejecutó la sentencia. No parecía que el partido que se oponía al rey se hubiera calmado con la muerte de Vimara, pues Fruela es asesinado en la capital del reino, Cangas de Onís, en 768, curiosamente el mismo año en que nacía en Oveto su hijo Alfonso, dejando viuda a Munia y huérfanos a sus hijos, pues además de Alfonso dice la tradición que Fruela había tenido una hija de nombre Jimena. Hay autores que también mencionan a otro hermano de Fruela, además de Vimara, y que llevaría por nombre Aurelio y que era apodado “el fratricida”, alias debido a que se le consideraría el instigador de la muerte del rey; la mayoría de autores, empero, mencionan a Aurelio como primo y no como hermano, siendo, en este caso, hijo de otro Fruela, el hermano de Alfonso I. Sea como fuere, el caso es que a la muerte del monarca y ante la evidente minoría de edad de su hijo Alfonso, este Aurelio es proclamado rey de Asturias.
El rey Aurelio

                Así pues, tenemos a Aurelio sentado en el solio de Cangas de Onís. Pocos acontecimientos acaecieron durante ese tiempo, si acaso la boda de Adosinda, hija de Alfonso I y prima de Aurelio, con Silo, un noble de linaje asturiano. Al igual que su predecesor en el trono, Aurelio gozó de paz con los musulmanes, pues éstos estaban ocupados en sofocar un nuevo levantamiento en la zona levantina. El hecho más destacado durante los seis años en que Aurelio estuvo en el poder fue otro levantamiento, esta vez en el mismo territorio asturiano. Se trata más de disturbios sociales que de una rebelión propiamente dicha, aunque las proporciones puedan llevar a pensar en una verdadera insurrección armada. Existen varias hipótesis sobre este asunto: para Sánchez Albornoz estaríamos ante una sedición de esclavos, para Mínguez serían libertos, y para Barbero y Vigil campesinos. Incluso hay quien opina que estuvo implicada la sociedad en general, pues se consideraría a Aurelio no sólo implicado en la muerte de su antecesor, sino  como el primer rey no asturiano, en cuyo caso no estaríamos hablando de lazos de consanguineidad: no sería ni hermano ni primo de Fruela.

                En fin, si toda la Monarquía Asturriana se halla envuelta en una espesa niebla, la figura de este rey apenas si se vislumbra en lontananza; y aun más si tenemos en cuenta que de él parte una de las leyendas más controvertidas, pues incluso hay quien la tomó en serio y al pie de la letra: la leyenda de las cien doncellas. Según esto, Aurelio tendría un pacto con el emirato cordobés, según el cual estaba obligado a enviar cien mujeres al ejército musulmán. Algo de cierto habría en ello, pues las continuas guerras mantenían a los soldados lejos de sus familias y es de suponer que el contacto con mujeres, principalmente hetairas, mantendría sus espíritus animosos. De todas formas, tal vez se trate de nuevos tributos que pagar el emir, sin más.

El noble Silo convertido en rey de Asturias
                En 774 el alma de Aurelio abandona este mundo y le sucede aquel aristócrata asturiano, Silo, casado con una descendiente de Pelayo: Tras el final de Aurelio le sucedió Silo en el reino, por la razón de que había obtenido en matrimonio a Adosinda, hija del príncipe Alfonso (A Sebastíán, 18). Lo mismo que sucediera con Fruela I, Silo tuvo que enfrentarse a una rebelión gallega nada más ser nombrado nuevo monarca. Y lo mismo que Fruela I, también Silo venció al ejército gallego, esta vez en la batalla de Monte Cupeiro, en la comarca de Castroverde, Lugo. Una vez afianzado su poder y convencido de que el reino astur estaba más o menos seguro ante las posibles incursiones musulmanas, empezó por trasladar la capital del reino al valle de Santianes en Flavionavia (Pravia), a donde incluso acudió Beato desde su Liébana; claro que Beato aún no había entrado en la controversia que se suscitaría años después. De momento, comenzaba a entreverse un serio problema eclesiástico: según la tradición visigoda de Toledo, Jesús de Nazaret era hijo adoptado de Dios, pues Dios no pudo haber dejado encinta a María, siquiera a través del Espíritu Santo; la iglesia asturiana, por el contrario, opinaba que Jesús era hijo legítimo y no adoptado, sentido éste en el que opinaba otra iglesia, la carolingia, cuya opinión iba imponiéndose en toda Europa gracias al expansionismo territorial [Carlomagno estaba fraguando su imperio, incluso traspasaba los Pirineos y en 778 ya se encuentra a las puertas de Caesaraugusta (Zaragoza)]. Aparte de esta controversia religiosa, de Silo nos ha llegado el documento más antiguo de la Monarquía Asturiana, en donde se alude al pacto monástico de San Vicente en 781. Ese mismo año Abd al-Rahman I vence al emir Yusuf al-Fihri y termina con las disidencias internas de su reino, lo que le da la oportunidad de enviar una expedición contra los cristianos de Pompaelo (Pamplona). Silo sale a su encuentro y los obliga a retroceder.

Desembarazado de sus enemigos, Abd al-Rahman, a quien llaman el Justo, decide elevar la capital hispana a la categoría de la oriental Bagdad, que había sustituido como Corte a la vieja Damasco. Con tal fin da las órdenes pertinentes para que den comienzo las obras de una gran mezquita. El emir, sin embargo, morirá sin verla terminada, lo cual hará su hijo y sucesor Hixem I, y más tarde será ampliada por Adb al-Rahman II, y luego por al-Hakam II y en última instancia por Almanzor.
La tumba donde se supone reposan los restos de Silo y su esposa Adosinda 


Volviendo atrás, precisamente al año 783, asistimos a la muerte de Silo, dejando tras de sí otra lucha por el poder, ya que abandonaba este mundo sin haberle dado algún hijo legítimo.

domingo, 26 de mayo de 2013

REINO DE ASTURIAS: LOS PRIMEROS PASOS DEL REINO

Imaginemos la situación. Aparentemente era uno más de los conciliabula que se hacían desde época romana [reuniones periódicas de la comunidad]; pero la que tuvo lugar en 717 ó 718 tenía un carácter distinto. Se celebró en la Majada de la Corona, cerca de Caín, en los Picos de Europa. Reunidos los representantes de la nobleza y contando con el apoyo del medio rural, acuerdan nombrar a un líder, aun a sabiendas que un ejército, y aun más si el número de soldados disponibles era pequeño, no puede enfrentarse al temible ejército de la media luna. ¿Por qué no pensar que entre los reunidos se hallan varias damas, como Gaudeosa o Ermesinda? Cuando Pelayo sale elegido como caudillo, su esposa y su hija debieron de recibir la noticia con gesto hierático, como les correspondería. La tarea no iba a resultar nada fácil: deshacerse del poder de Munuza y conseguir ciertas libertades, como en su momento habían hecho sus ancestros ante romanos y visigodos. Para la elección del caudillo se tuvo en cuenta no sólo las aptitudes de Pelayo, sino también su anterior cargo a las órdenes de Rodrigo y, si bien nadie se atrevía a confesarlo abiertamente, su parentesco con las gentes astures, ya que Pelayo descendía de un recio abolengo autóctono; de este modo, agricultores, ganaderos, artesanos y cualesquiera otros seguirían con mayor convicción a uno de su tierra que a otro venido de la corte toledana. Todo esto bien pudiera haber sido realidad o, al menos, un trasunto de ella, ¿por qué no?

Imagen del rey Pelayo
                A lo largo de los tres años siguientes Pelayo y sus partidarios se adueñaron de aquella zona montañosa e incluso se expandieron un poco a lo largo del valle del río Saelia, aunque sus correrías no les suponía más que un incordio algo agobiante a los dueños musulmanes. No se sabe cómo, Munuza debió de hacer prisionero a Pelayo y enviarlo a Corduba. Seguramente pertenece al mundo de la fábula el rumor de que el valí de Gigia o Jegione lo había enviado a al-Andalus con la pretensión de hacerse con los favores de su hermana, o bien porque el cristiano se había opuesto a su unión. De ser cierto ese intento de matrimonio, debiéramos verlo como un propósito de atraerse a la nobleza sublevada, un acercamiento a los nobles descontentos con la política de Munuza. Sea como fuere y siguiendo la leyenda, Pelayo se escapa de los centinelas y regresa a las montañas cercanas a Onís, en donde le aguardan nobles y campesinos dispuestos a levantarse en armas contra la invasor, así como su mujer Gaudeosa y sus hijos Favila y Ermesinda. La realidad es que, finalmente, Pelayo se alzó contra Munuza con la ayuda de otros nobles astures y cántabros, cuyo motivo último habrá que buscarlo más bien en la política seguida por el valí: Munuza eleva los impuestos; además, se agrandan las diferencias sociales, económicas, políticas y religiosas dentro de la región. Los nobles pierden muchos de sus privilegios y la presión del nuevo gobierno les agobia a tal punto, que muchos deciden combatir con las armas al nuevo gobernante.
Estatua erigida en honor de Pelayo no muy lejos de Caín

                Los sublevados consiguen cierta autonomía en torno al Auseva, lugar desde el cual continúan enfrentándose al valí Munuza. Éste nada puede contra ellos, pues no cuenta con los refuerzos suficientes para pacificar toda la zona montañosa; el emir de Corduba, al-Hurr, ninguneando el norte peninsular, está empeñado en penetrar en Europa, aunque se encuentra con las tropas francas, frente a las cuales sufre un calamitoso desastre. En 721 muere el emir y le sucede Anbasah. El nuevo mandatario reorganiza el ejército derrotado en Toulouse, Francia, y avanza victorioso por el sur de la Galia. Ante esta nueva expectativa y confiado en su potencial, envía una expedición de castigo contra los rebeldes astures dirigida por al-Khama. Los musulmanes obtienen algunos éxitos mientras se acercan al refugio de Pelayo y sus hombres. A finales de mayo de 722 los soldados de al-Khama se hallan cruzando un paso angosto en las faldas del monte Auseva; los insurrectos les sorprenden y la expedición es destrozada. Una parte consigue huir hacia la Liébana a través de los Picos de Europa; pero otra parte decide internarse en la región y dirigirse hacia Gigia, sembrando miedo y desconcierto allí por donde pasan. Quizás entre los derrotados se hallara el prelado Opas [hermano del difunto Witiza y aliado de los nuevos señores], según cuenta la leyenda; sin embargo, nada seguro hay al respecto.

Estatua de Pelayo en Gijón
                Tras el descalabro sufrido, Munuza organiza la huida hacia la Meseta, pero es alcanzado en Olalies (Valdolayés), un valle que forma límite con Peña Rey entre Turón y Villanueva de Santo Adriano. Esta nueva escaramuza da alas a los levantiscos astures, que establecen una especie de capital o corte en Cangas de Onís. Además, consagran el lugar de su primera victoria a la Virgen, de ahí que se la llamara Cova Dominicae a la gruta desde donde habían acechado al enemigo. Cova Dominicae se convertirá desde entonces en un emblema para los futuros reyes. No obstante, la insurrección no termina ahí. Pelayo inicia una serie de hostigamientos con el fin de fortalecer su independencia; por eso, no duda en llamar a su lado a un joven noble cántabro, Alfonso, hijo del duque de Cantabria. Para sellar la unión de los dos linajes Pelayo y su cónyuge, Gaudeosa, entregan la mano de su hija, Ermesinda, a Alfonso. Así, Pelayo, su hijo Favila [o Fáfila, según otros] y su cuñado Alfonso acosan continuamente al poder musulmán, dificultando su desarrollo económico y atentando la estabilidad social al infestar los caminos de asaltos y robos, pues no permiten el comercio con la zona sur. Todas estas acciones son consideradas como simples escaramuzas desde el bando enemigo, de las que ya estaban acostumbrados a padecer; además, sus esfuerzos se centraban en la Galia, considerando que ya tendrían tiempo para sojuzgar a los inquietos rebeldes. Cabe la posibilidad de que ni siquiera los propios amotinados tuvieran la finalidad de formar un nuevo reino; de ser así, es casi seguro que al final de sus días Pelayo fuese considerado como un auténtico rey en lucha contra el poder cordobés.
La supuesta tumba de Pelayo y su mujer Gaudeosa


                Gaudeosa, la mujer de Pelayo, Ermesinda, la mujer de Alfonso, y Froiliuba, la mujer de Favila, sin duda no representan un estamento improductivo. Como ya hemos dicho, las mujeres tenían una gran importancia; de hecho, la línea sucesoria al trono se producirá por medio de la mujer, como así hará Alfonso, hijo de Pedro, duque de Cantabria. En 726 el emir cordobés Anbasah expira, once años después hará lo propio Pelayo en la capital de su insignificante reino, Cangas de Onís. Su cuerpo, se dice, fue enterrado en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, junto a su esposa, muerta con anterioridad, Gaudeosa. El trono asturiano es ocupado por el hijo del rey muerto, Favila, en el cual trono permanece dos años, al cabo de los cuales, se dice, salió de caza y un oso acabó con su vida. De su tan exiguo reinado no cabe otra mención más que la iglesia de la Santa Cruz, en Cangas de Onís, mandada construir sobre una antigua estructura, a su vez levantada sobre un primitivo dolmen. Esta obra supone, por otra parte, la primera manifestación artística de la Monarquía Asturiana, aunque de dicha construcción apenas si se conserva la lápida de fundación, en la que se puede leer con claridad “En este lugar fueron consagrados a Cristo los altares por el vate Asterio en el año trescientos de la sexta edad del mundo. En la era setecientos setenta y cinco”. Es en esta iglesia, precisamente, en donde parece ser que fue enterrado.
Cova Dominicae [Covadonga]


domingo, 19 de mayo de 2013

REINO DE ASTURIAS: CONSIDERACIONES GENERALES

La bandera del Principado de Asturias




Cuando al prestigioso periodista italiano Indro Montanelli se le concedió el Premio Príncipe de Asturias, él mismo confesó sentirse nervioso por el momento en que debía recoger el premio de manos de su Alteza Real, pues que España tenía fama de solemnes protocolos. Yo, sin pretender compararme con tan ilustre escritor, me veo en circunstancias parecidas ante el compromiso de iniciar esta escueta introducción a la breve historia sobre la Monarquía Asturiana. Sin que ello sirva de excusa ante los más que posibles errores que se puedan hallar, quien intenta realizar un estudio sobre los reyes asturianos se encuentra con la ardua tarea de hacer frente a unas historiografías en exceso subjetivas, cuando no alteradas. En las crónicas de tiempos del Rey Magno, Alfonso III, se encuentra una gran cantidad de versiones y visiones encaminadas a ensalzar la acción restauradora de un orden político y religioso humillado y desaparecido con la llegada de la religión islámica y sus propagadores. Las referencias a este reino asturiano por parte de la España musulmana son más bien escasas, las carolingias lo son aún más.
                Críticos y estudiosos del tema, algunos de ellos de renombre, tampoco se ponen de acuerdo sobre le fecha en que se produjeron algunos acontecimientos, llegando a disentir de forma abultada con respecto a las causas y consecuencias. Incluso hay quienes ponen en duda la existencia de algunos personajes o de algunos hechos, al menos tal como se nos han sido transmitidos, aunque no llegan al punto de negar por completa dicha existencia. En donde sí parece que se aproximan todos es a la hora de describir la situación social, económica y religiosa del pueblo astur [o ástur, según otros apuntes], a pesar de que en ciertos puntos sigue habiendo alguna discrepancia: desde los límites territoriales con sus divisiones correspondientes, hasta los pobladores de cada zona o comarca y sus explotaciones agrícolas y ganaderas. Se podría afirmar que esta época representa la visión que de la Edad Media tiene el ciudadano de hoy día: un lapsus de oscuridad que se interpone entre la brillantez del Imperio Romano y el resurgir italiano del Renacimiento; época de fanatismo religioso, de feudalismo inquietante, de transición entre el dominio aplastante de Roma y la formación de los estados actuales. Si bien todo esto, también cabe mencionar que tales ideas van siendo trocadas poco a poco y aquella época ya no es tan oscura ni tampoco una simple transición.
                Por si todo esto fuera poco, también hay que tener en cuenta las leyendas y mitos surgidos entonces o poco más tarde, sobre todo en ámbitos rurales y poco contaminados por la influencia religiosa o política; pero también en los territorios palaciegos y de cierta cultura, donde se fraguan conceptos y se materializan ideas con un claramente político y religioso. Tales leyendas pueden ayudar a entender algunos aspectos del sentir cotidiano, de los rumores, ciertos o no, que andaban en boca de todos; en cierta medida estas leyendas aportan datos que, manejándolos con el debido cuidado, pueden arrojar alguna luz sobre el oscuro pozo de estos dos siglos de reinado asturiano.
                Una última acotación: se ha pretendido acercar al lector a aquellos tiempos mediante los topónimos medievales en su mayoría. En cuanto a los nombres personales, se ha optado por emplear la forma actualizada; con respecto a los arábigos, ya que existe una gran variación a la hora de alfabetizarlos, se ha procurado seguir una línea única, si bien existen otras formas de transcripción. Así pues, una vez advertido el peligro que supone adentrarse por las callejuelas en penumbra de los reyes asturianos, vayamos con paso firme y decidido hasta donde nuestra paciencia aguante. Digamos con Alberto Porlan, que “el estudio de la Reconquista es un gran rompecabezas jalonado por una sucesión de hechos mal documentados. La mayor complicación reside en que estos tenían lugar en distintos ámbitos. No se trata de analizar un enfrentamiento permanente y homogéneo entre árabes musulmanes y cristianos europeos. También había europeos musulmanes, árabes cristianos y musulmanes no árabes. Y cristianos enfrentados a cristianos y musulmanes enfrentados a musulmanes. Y judíos, contra los que a veces se enfrentaban todos.”



Localización actual del Principado de Asturias

                El valle del río Saelia (Sella), habitado desde antiguo por la tribu de los vadinienses, ya supuso un foco de resistencia importante a la expansión del poder romano. Sobre si los vadinienses eran asturianos o cántabros [cuestión fútil y, para el caso, totalmente intranscendente] caben pocas dudas; aunque en aquella zona se hallaban unos y otros conviviendo en una misma parcela, parece ser que los vadinienses son descritos como cántabros más que como astures. Ahora bien, esta división entre astures y cántabros resulta del todo aleatoria, dado que en aquel tiempo la franja norteña estaba ocupada por una gran diversidad de tribus, casi todas ellas de ascendencia celta o con importantes contactos con esta cultura centroeuropea. Más que hablar de divisiones entre astures y cántabros habría que hablar de vadinienses, luggones, paesicos, orgenomescos, etc. Al fin y al cabo, con la presión romana y la posterior visigoda unos y otros se concentrarían en la misma comarca, lo cual indica, a su vez, que poseían una impronta de pertenecer a un único pueblo, una especie de confederación de tribus sin que mediara una visión parcial del territorio como actualmente poseemos.
                El caso es que la romanización apenas si repercutió en muchos de estos lares, si bien al poder imperial se deben las rutas más importantes de comunicación con la meseta castellana, probablemente siguiendo un modelo anterior, sendas por donde las tribus norteñas se comunicaban con el sur [no olvidemos que si roma logró mantener su imperio durante tanto tiempo y dejar una impronta de tanta importancia, ha sido gracias a su sistema vial, único en toda la historia de la humanidad].
                Por un lado estaba el paso por el puerto Pajares, desde el campamento de la Legio VII Gemina (León). Así, partiendeo de Legio se remonta el río Bernesga hasta llegar al puerto y desde ahí hacia Cornellana, Campomanes, el valle del río Lena, Vega del Ciego, valle de Ujo, Mieres y Lucus Asturum (Lugo de Llanera) para terminar en Gigia o Jigione (Gijón). Un segundo itinerario partía desde Villablino y a través de Ponferrada y Las Médulas llegaba al puerto de Leitariegos. Entre estos dos puertos se hallan otros varios, de entre los cuales el más afamado ya desde aquellos tiempos es el del puerto de la Mesa. Había dos rutas posibles: desde Asturica Augusta (Astorga) por La Carrera, Castillo de Cepeda, Vegarienza o Riellos, la cuenca alta del río Luna, Las Ventas, Villafeliz, Puente Orugo, San Emiliano, Candamuela, Genestosa o Torrebarrio y, finalmente, Torrestío [a unos tres kilómetros del puerto de La Mesa]; la otra senda parte de Villadangos de Páramo para remontar el río Órbigo, luego atraviesa Villanueva de Carrizo, Cimares de Tejar, Espinosa, La Magdalena, el valle del río Luna, Los Barrios, Láncara, Sena, Ventas de Villafeliz y, por último, se une a la otra senda en San Emiliano. No podemos omitir otro punto estratégico militarmente y que tuvo su importancia en los primeros compases de la conquista legionaria: el paso por el cordal de Carraceo, entre los concejos de Aller y Lena [que, curiosamente, también tendrá su relevancia durante la invasión árabe y el posterior surgimiento del reino astur].
                Además, los romanos dejaron su huella en forma de explotaciones mineras y de villas; eran éstas territorios dominados por un señor que poseía una casa alrededor de la cual se hallaban los barracones para el ganado y los aperos de labranza, el almacén para los frutos campestres y una serie de huertos, jardines y praderías. Así, cuando los visigodos se hicieron con las tierras hispanas, las norteñas estaban ligadas a estas villas, donde se cultivaban árboles frutales [sobremanera el manzano, de cuyas excelencias ya hablaba Plinio el Viejo, aludiendo a la bebida que de ellas se extraía y que menciona como sicera (léase síquera)], cereales y viñedos; también persistían los terrenos montaraces y los pastos para la ganadería. De todo ello destaca la proliferación de viñedos y pomaradas, el ganado vacuno y el ovino, y el asturcón [admirado por sus contemporáneos romanos], muy apropiado para los trabajos campestres y para aguantar las condiciones climáticas de la región.
                Una vez más, la zona vadiniense que la que con más empeño se opuso al dominio del nuevo invasor centroeuropeo, los godos. Según es tradición, el motivo tal vez lo haya que buscar en la menor romanización de este norte peninsular, en donde continuaban en vigencia muchas de sus ancestrales normas y usos, en contraposición con el resto de la península visigoda. Ese carácter sería lo que les mantuvo en constantes revueltas e insurrecciones al punto de que en el siglo VI se puede hablar de reinos independientes: por un lado el de Toledo y por otro el conformado por el centro y occidente de Asturias, Cantabria y parte septentrional de Burgos. Poco a poco la diferenciación se va acentuando, las tierras se parten y comienza a proliferar el minifundismo, siendo el sistema feudal prácticamente desconocido, mientras que del esclavismo apenas si hay noticias. Los antiguos ritos religiosos mantienen su validez frente a la escasa influencia cristiana; la nueva religión era introducida no por obispos o sacerdotes, sino por anacoretas que iban en busca de cuevas o lugares consagrados por el paganismo. Socialmente la mujer ocupaba una posición muy alta, en una especie de matriarcado un tanto laxo, pero que habrá de marcar el sistema sucesorio del reino hasta el siglo IX.
                Ante las constantes incursiones de los pueblos transmontanos, el rey visigodo decide establecer al sur de la Cordillera Cantábrica una serie de ciudadelas o fortalezas defensivas que impidieran el pillaje de las tierras meseteñas. Mas la política de defensa visigoda habrá de cambiar con Leovigildo. Éste se enfrentará abiertamente a los suevos, qu4e estaban asentados en la zona galaica. En el año 585 Leovigildo los derrota, lo que permite a los visigodos la penetración en Asturias. La dominación visigoda está marcada por las frecuentes rebeliones de la nobleza asturiana y cántabra, como por ejemplo cuando Sisebuto envió al duque Riguila para aplastar una sublevación asturiana en 612 o cuando, tres años después, el futuro rey Suintila fue enviado contra los roccones. Este estado continuo de rebeldía llega a su fin en 642, cuando accede al trono toledano Chindasvinto. Este rey, para debilitar la resistencia norteña, divide la zona en dos administraciones distintas: la Asturiensis y la Cantabriae [reforma terminada por su hijo Recesvinto, que había sucedido a su padre en 653, y que aún perdura hoy en día, casi un milenio y medio después]. Durante esta época visigoda se produjo un cambio climático importante: la temperatura bajó y llegó a la cornisa cantábrica un clima húmedo con frecuentes lluvias y nevadas. Este cambio climático favoreció la proliferación de una vegetación espesa y abundantes pastos, lo que incrementó la ganadería. Este hecho, unido a la división administrativa antes mencionada, produjo una gran dispersión de la población, ayudada por la orografía, que, por otra parte, imposibilitaba el comercio con la Meseta. De nuevo las circunstancias dificultaban la visigotización y la penetración del cristianismo, por lo que los rituales paganos conservaron su impronta, bien de forma aislada o bien en mezcolanza con el culto visigodo.
                Muy lejos de aquellos parajes, a principios del siglo VIII, algo se movía en el norte de África: un ejército que avanzaba imparable bajo el emblema de la media luna a las órdenes de Musa ibn-Nusayr [nombrado gobernador de Egipto y Túnez por el califa de la lejana Damasco, al-Walid]; esta masa bélica llegaba a Tingi (Tánger) y la ocupaba sin mayor dificultad en 707. Musa nombra, a su vez, gobernador de esta ciudad a Tariq ibn-Ziyad. Tres años después, aprovechando las luchas civiles por el trono visigodo en la península ibérica, una expedición musulmana al mando de Tarif ibn-Malluk [según otros autores, Tarif Abu Zora] desembarca en Chazirat Tarif, que se traduce como Isla de Tarif (Tarifa), con apenas cuatrocientos hombres. Después de una rápida expedición de rapiña regresa al continente africano. Mientras tanto, en Hispania Witiza y Rodrigo, duque de la Bética, se enzarzan en una lucha fratricida por alzarse con el solio toledano, resultando ganador el primero de ellos, Witiza; pero, cuando el nueve rey muere, la lucha continúa con su hijo Akhila II y el propio Rodrigo. La nobleza hispana se divide entonces en dos bandos [como dato curioso, de entre los que apoyaban a Rodrigo estaba un tal Favila, noble de linaje asturiano, que en la lucha acaba muriendo a manos de los partidarios de Akhila; de su hijo, Pelayo, hay quienes dicen que llegó a ser espatario, guardia personal, del propio Rodrigo]. Por fin, parece que el duque de la Bética consigue hacerse con el trono, pero Akhila no se da por vencido y acude al gobernador africano Musa. A finales de la primavera del año 711 un ejército musulmán compuesto por once mil soldados está dispuesto para intervenir en el conflicto sucesorio toledano. El conde Julián, gobernador de Ceuta y a la sazón partidario de Akhila, permite a las tropas musulmanas partir desde su territorio [luego excusará su actuación aduciendo que se trataba de una venganza personal contra el rey Rodrigo, pues éste habría abusado de su hija en Toletum (Toledo)]. Así pues, Musa pone al frente del ejército al gobernador de Tingi, el bereber Tariq [para otros autores sería un tal Abjar-Maymu’a Tarif] y las tropas toman tierra en un promontorio de Calpe, Chabal al-Tariq, traducido como Monte de Tariq (Gibraltar). En aquel momento Rodrigo se hallaba combatiendo en Pompaelo (Pamplona), mas, en cuanto tuvo noticias del desembarco, acudió a su encuentro previendo la importancia de la contienda. El 26 de julio de 711 ambos ejércitos se encuentran a orillas de la laguna de La Janda, al este de Vejer. La batalla, conocida por la de Guadalete, inclina la balanza hacia el lado musulmán, que acaba destrozando las huestes cristianas, para continuar la invasión sin apenas hallar quien se oponga. En tan sólo tres años el ejército se halla ante las murallas de la Cordillera Cantábrica.
                Al igual que habían hecho los visigodos, los nuevos invasores se internan por la comarca galaica hasta llegar a la costa. Estamos en 714 y Musa decide entrar en Asturias desde Lucus Augusti (Lugo), según cuenta el texto escrito por al-Makkeri. En el itinerario probable que siguieron, debieron de haber pasado por Fonsagrada, Grandas de Salime, Pola de Allande, Tineo, Salas, Cornellana, Grado… No obstante, no consta en ningún escrito hasta dónde siguieron penetrando las tropas; de todas formas, se sabe que pronto (716) Otman ibn-Neza, Munuza, que había sido compañero de armas de Musa, es nombrado valí de Gigia por el nuevo emir de la Colonia Iulia Romula Hispalis (Sevilla), llamado al-Hurr ibn-al-Rahmen Atsakafi, quien al año siguiente traslada la capital a Colonia Patricia Corduba (Córdoba).
                Al igual que en ocasiones anteriores, la comarca de los vadinienses vuelve a mostrarse como un foco de constante rebeldía, hostigando a Munuza con episodios de rapiña y bandolerismo, que se intensifican en los alrededores del monte Auseva. Entre estos astures insurrectos se hallan algunos visigodos huidos de la influencia musulmana.

Extensión y orografía del actual Principado de Asturias