sábado, 15 de junio de 2013

REINO DE ASTURIAS: Una vieja situación ya conocida

A la muerte de su esposo, Adosinda apoya a su sobrino Alfonso, el hijo de Fruela I y nacido en Oveto, pero una facción de la nobleza, la de mayor peso específico, se inclina por el hijo bastardo que Alfonso I había engendrado con Siselda, Mauregato. El hijo de Fruela I, Alfonso, se ve abocado a refugiarse en Álava bajo la protección de sus parientes [recordemos que su madre, Munia, era alavesa] ante el temor de un atentado contra su vida. Su tía Adosinda, en cambio, permanece en la corte praviana con el propósito de insistir en favor del sobrino huido. Parece ser que Mauregato se cansó de las peticiones de su hermanastra y acabó obligándola a tomar los hábitos en el convento de San Juan de Flavionavia en 785.

Mauregato
                Lo más destacable del reinado de Mauregato tal vez sea la encarnecida discusión religiosa entre Toledo y Asturias. Cuando años atrás Félix de Urgel escribió “Confesión de Fe”, promulgando el adopcionismo de Jesús y, por consiguiente, desacreditando la validez de la Trinidad [Padre, Hijo y Espíritu Santo como un solo ente], Beato de Liébana le respondió con sus “Comentarios al Apocalipsis” (776), en donde defendía precisamente el punto de vista opuesto. Coincidiendo con el encierro de Adosinda, llegar al reino astur el abad Fidel para reunirse con Beato y poner punto final a la discusión; pero el efecto resultó ser el contrario, incluso desde la sede toledana Elipando arremete contra Beato y sus partidarios, entre los que se cuenta, según ya se ha dicho, Carlomagno. Sin hallar una solución que satisficiera a ambos bandos, las iglesias toledana y asturiana se separan de forma definitiva. Además de dejar para la posteridad una reliquia como libro, además de plasmar en él las ideas que, a la postre, se impondrían en toda la península, Beato sentó también las bases para un futuro foco de encuentro no sólo europeo, sino también mundial: en su opinión la primera evangelización del territorio peninsular había sido llevada a cabo por el apóstol Santiago el Mayor, cuyo sepulcro debería de hallarse en algún punto del occidente norteño.
Portada de "Los Comentarios al Apocalipsis"

                En fin, en 788 coincide el óbito de dos reyes: de un lado Abd al-Rahman I, cuya sucesión, como ya se ha mencionado anteriormente, recayó en su hijo Hixem I, y de otro lado Mauregato. Como ya nos tiene acostumbrados, la nobleza insiste en sus disensiones, sus maquinaciones y su peculiar forma de entender la línea sucesoria al trono. Adosinda, ayudada esta vez por el noble Teudano o simplemente Teuda, aboga en favor de su sobrino Alfonso, el hijo de Fruela I, que permanece a salvo en Álava. Es muy posible que la ausencia de este Alfonso provocase otra derrota, pues sus detractores consiguen que sea nombrado rey a un tal Vermudo o Bermudo, hermano de Aurelio e hijo, por consiguiente, del hermano de Alfonso I, Fruela [no debemos confundir a los dos Fruela ampliamente citados: éste último mencionado era hermano de Alfonso I, mientras que el otro Fruela era hijo del mismo Alfonso I y cuarto rey de la Monarquía Asturiana]. Vermudo profesaba una diaconía en un monasterio cuando se le llamó a ocupar el solio praviano; no obstante, desde el primer momento el nuevo rey considera con cierto tino que, para calmar los ánimos de unos y atemperar los de otros, es necesario llamar a su lado al otro pretendiente a la corona, el joven Alfonso, evitando, de este modo, las rencillas de su prima Adosinda y de Teudano.
Vermudo o Bermudo


                En su breve reinado, apenas tres años, fue obligado a tomar por esposa a Numilia para dar un vástago a la sucesión, según correspondía a un monarca. A pesar de tan buen comienzo, la verdad es que el pobre Vermudo no fue más que una marioneta en manos de la nobleza, de ahí el desastroso y polémico gobierno que acabará con las ambiciones palaciegas de quienes lo elevaron a la categoría de soberano. La gota que colmó el vaso fue la doble expedición que el emir Hixem I envió contra los territorios asturianos: una hacia Álava y la naciente Gallaecia (Galicia), y otra hacia las costas galaicas. El ejército de Vermudo salió al encuentro de las tropas musulmanas y el enfrentamiento tuvo lugar en el Bierzo leonés en 791. Las huestes cristianas hubieron de padecer una derrota completa, que puso en peligro la estabilización del reino. La reacción de la aristocracia fue fulminante: el cese inmediato del rey. Éste, para evitar nuevas luchas internas, inclusive laguna conjura que acabara con su vida, determina abdicar en Alfonso, se separa de su esposa Numilia [que habrá de criar sola a sus hijos Ramiro y Ordoño] y vuelve como diácono al monasterio de donde lo habían arrancado. Comienza, así, el reinado más fructífero para el reino astur, sólo superado por las campañas bélicas llevadas a cabo por un nieto de Vermudo el Diácono.
recreación de la reina Adosinda

sábado, 8 de junio de 2013

REINO DE ASTURIAS: Un período de descanso

Alfonso I el Católico dejaba a su hijo Fruela una difícil situación política. Además de la oposición que ya existía en años anteriores, surge ahora una disputa por hacerse con los derechos sucesorios, en relación directa con los dos linajes: el de Pelayo, de tipo matrilíneo, y el del duque de Cantabria, de tipo patrilíneo. A esto se suman los gallegos y vascones, que ya desde un primer momento no ven con buenos ojos una dependencia de la corte asturiana, así que se hallan soliviantados contra el nuevo rey. Para solucionar el problema, Fruela I ratifica con Abd al-Raham I el pacto firmado por su padre y se vuelca en sofocar los dos puntos de rebelión. En Pontuvio, pues, se enfrentan las huestes de Fruela y un ejército formado por gallegos y musulmanes; el rey astur se hace con el triunfo y sin más demora se dirigie hacia el extremo oriental para enfrentarse a los vascones. Sin embargo, éstos, viendo el resultado de Pontuvio, se inclinan por unas negociaciones que puedan salirles más ventajosas. Fruela, que estaba ansioso por gobernar un reino en paz, decide casarse con la noble alavesa Munia, despachando con un solo gesto la unión con los vascones.
Fruela I

                Durante los once años en que estuvo al frente de la corona, salvo estos comienzos y alguna escaramuza más, la paz le permitió dedicarse a tareas “intramuros”. De nuevo fueron los asuntos religiosos en los que se vio más inmiscuido. Aparte de favorecer con donaciones o exenciones al clero, que continuaba su tarea de amasar tierras y riquezas, erige un templo en Oveto u Ovectao (Oviedo) y allí mismo funda en 761 un monasterio dedicado a San Vicente, al parecer sobre un antiguo asentamiento de época romana. Puso al frente del edificio a Máximo y a Fromestano, a quienes siguieron sus propios siervos. El poder del rey sobre asuntos cristianos llega al punto de prohibir a los sacerdotes unirse en matrimonio con mujer alguna, algo que hasta entonces sí estaba permitido.
El rey Fruela I

                Con un decenio sin acciones bélicas de importancia y con una economía en alza, no paran de llegar emigrantes, y no sólo mozárabes, sino también musulmanes y muladíes [antiguos cristianos convertidos al islamismo]. Asturias se convierte entonces en un lugar heterogéneo, de mezcolanza indígena con tradición visigoda y forasteros con cultura musulmana. Por todo ello aparece una ligera tensión social dentro del campesinado y de la nobleza misma, una parte recelosa de sus privilegios y bienes ganados en años de lucha e intrigas, ansiosa la otra por integrarse en la nueva sociedad y hacerse un hueco en la corriente política y económica. Pero la tranquilidad se vio alterada por una aceifa por parte del emirato. En 766 ó 767 una expedición bajo las órdenes del general Abd al-Rahman, homónimo del emir, se dirige hacia Álava. Fruela sale a su encuentro y lo derrota. A pesar de la victoria, una facción se le opone, probablemente instigada desde Galicia y Vasconia. Cabe la posibilidad de que esta facción apoyase a un tal Vimara, según algunos hermano del rey, que pretendía hacerse con el trono por el medio expedito del homicidio; pero Fruela se adelanta a tales intenciones y ordena su ajusticiamiento, incluso hay quien opina que fue el propio Fruela quien ejecutó la sentencia. No parecía que el partido que se oponía al rey se hubiera calmado con la muerte de Vimara, pues Fruela es asesinado en la capital del reino, Cangas de Onís, en 768, curiosamente el mismo año en que nacía en Oveto su hijo Alfonso, dejando viuda a Munia y huérfanos a sus hijos, pues además de Alfonso dice la tradición que Fruela había tenido una hija de nombre Jimena. Hay autores que también mencionan a otro hermano de Fruela, además de Vimara, y que llevaría por nombre Aurelio y que era apodado “el fratricida”, alias debido a que se le consideraría el instigador de la muerte del rey; la mayoría de autores, empero, mencionan a Aurelio como primo y no como hermano, siendo, en este caso, hijo de otro Fruela, el hermano de Alfonso I. Sea como fuere, el caso es que a la muerte del monarca y ante la evidente minoría de edad de su hijo Alfonso, este Aurelio es proclamado rey de Asturias.
El rey Aurelio

                Así pues, tenemos a Aurelio sentado en el solio de Cangas de Onís. Pocos acontecimientos acaecieron durante ese tiempo, si acaso la boda de Adosinda, hija de Alfonso I y prima de Aurelio, con Silo, un noble de linaje asturiano. Al igual que su predecesor en el trono, Aurelio gozó de paz con los musulmanes, pues éstos estaban ocupados en sofocar un nuevo levantamiento en la zona levantina. El hecho más destacado durante los seis años en que Aurelio estuvo en el poder fue otro levantamiento, esta vez en el mismo territorio asturiano. Se trata más de disturbios sociales que de una rebelión propiamente dicha, aunque las proporciones puedan llevar a pensar en una verdadera insurrección armada. Existen varias hipótesis sobre este asunto: para Sánchez Albornoz estaríamos ante una sedición de esclavos, para Mínguez serían libertos, y para Barbero y Vigil campesinos. Incluso hay quien opina que estuvo implicada la sociedad en general, pues se consideraría a Aurelio no sólo implicado en la muerte de su antecesor, sino  como el primer rey no asturiano, en cuyo caso no estaríamos hablando de lazos de consanguineidad: no sería ni hermano ni primo de Fruela.

                En fin, si toda la Monarquía Asturriana se halla envuelta en una espesa niebla, la figura de este rey apenas si se vislumbra en lontananza; y aun más si tenemos en cuenta que de él parte una de las leyendas más controvertidas, pues incluso hay quien la tomó en serio y al pie de la letra: la leyenda de las cien doncellas. Según esto, Aurelio tendría un pacto con el emirato cordobés, según el cual estaba obligado a enviar cien mujeres al ejército musulmán. Algo de cierto habría en ello, pues las continuas guerras mantenían a los soldados lejos de sus familias y es de suponer que el contacto con mujeres, principalmente hetairas, mantendría sus espíritus animosos. De todas formas, tal vez se trate de nuevos tributos que pagar el emir, sin más.

El noble Silo convertido en rey de Asturias
                En 774 el alma de Aurelio abandona este mundo y le sucede aquel aristócrata asturiano, Silo, casado con una descendiente de Pelayo: Tras el final de Aurelio le sucedió Silo en el reino, por la razón de que había obtenido en matrimonio a Adosinda, hija del príncipe Alfonso (A Sebastíán, 18). Lo mismo que sucediera con Fruela I, Silo tuvo que enfrentarse a una rebelión gallega nada más ser nombrado nuevo monarca. Y lo mismo que Fruela I, también Silo venció al ejército gallego, esta vez en la batalla de Monte Cupeiro, en la comarca de Castroverde, Lugo. Una vez afianzado su poder y convencido de que el reino astur estaba más o menos seguro ante las posibles incursiones musulmanas, empezó por trasladar la capital del reino al valle de Santianes en Flavionavia (Pravia), a donde incluso acudió Beato desde su Liébana; claro que Beato aún no había entrado en la controversia que se suscitaría años después. De momento, comenzaba a entreverse un serio problema eclesiástico: según la tradición visigoda de Toledo, Jesús de Nazaret era hijo adoptado de Dios, pues Dios no pudo haber dejado encinta a María, siquiera a través del Espíritu Santo; la iglesia asturiana, por el contrario, opinaba que Jesús era hijo legítimo y no adoptado, sentido éste en el que opinaba otra iglesia, la carolingia, cuya opinión iba imponiéndose en toda Europa gracias al expansionismo territorial [Carlomagno estaba fraguando su imperio, incluso traspasaba los Pirineos y en 778 ya se encuentra a las puertas de Caesaraugusta (Zaragoza)]. Aparte de esta controversia religiosa, de Silo nos ha llegado el documento más antiguo de la Monarquía Asturiana, en donde se alude al pacto monástico de San Vicente en 781. Ese mismo año Abd al-Rahman I vence al emir Yusuf al-Fihri y termina con las disidencias internas de su reino, lo que le da la oportunidad de enviar una expedición contra los cristianos de Pompaelo (Pamplona). Silo sale a su encuentro y los obliga a retroceder.

Desembarazado de sus enemigos, Abd al-Rahman, a quien llaman el Justo, decide elevar la capital hispana a la categoría de la oriental Bagdad, que había sustituido como Corte a la vieja Damasco. Con tal fin da las órdenes pertinentes para que den comienzo las obras de una gran mezquita. El emir, sin embargo, morirá sin verla terminada, lo cual hará su hijo y sucesor Hixem I, y más tarde será ampliada por Adb al-Rahman II, y luego por al-Hakam II y en última instancia por Almanzor.
La tumba donde se supone reposan los restos de Silo y su esposa Adosinda 


Volviendo atrás, precisamente al año 783, asistimos a la muerte de Silo, dejando tras de sí otra lucha por el poder, ya que abandonaba este mundo sin haberle dado algún hijo legítimo.

domingo, 2 de junio de 2013

REINO DE ASTURIAS: El rey que llegó de Cantabria

                Cuando en 739 Froiliuba enviuda, su sobrino es nombrado sucesor de Favila gracias al matrimonio con Ermesinda, hija de Pelayo y hermana del rey muerto. Tenía cuarenta y seis años cuando se hace con las riendeas del nuevo reino y posiblemente ya hubieran nacido sus hijos Fruela y Adosinda [nietos, por tanto, de Pelayo y Pedro, duque de Cantabria]. Quizás habría que darle a Alfonso I, llamado El Católico, el “honor” de haber sido él quien haya comenzado la guerra abierta entre musulmanes y cristianos; y digo musulmanes y cristianos, porque la Reconquista en realidad fue una lucha escudada en la religión, pues los reinos cristianos del norte irán empujando a los reinos musulmanes del sur hacia el mediodía, hasta que se produce el triste episodio de la rendición de la ciudad granadina. Por otro lado, la Reconquista no es más que una larga guerra civil [la más larga en la historia de la Humanidad: casi ocho siglos guerreando], porque a lo largo de tan extenso período eran españoles entre sí quienes acudían al campo de batalla [no olvidemos tampoco que Corduba fue un emirato independiente de Damasco]. Los musulmanes eran hombres y mujeres nacidos en la Península y que después de tantas generaciones se sentían tan hispanos como se sentían los cristianos. En realidad, los únicos que atizaban el fuego eran los estamentos políticos y religiosos, los fanáticos y los ambiciosos, todos ellos dispuestos a obtener las mejores ganancias con el oficio bélico [no podemos arrojar al olvido o a la indiferencia el hecho de que el héroe cristiano por excelencia, Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, era un mercenario que tan pronto luchaba al lado de un rey cristiano como lo hacía al lado de uno musulmán]. Por supuesto, no podemos culpar de todo este sinsentido al Rey Católico, pues él únicamente luchaba por lo mismo que todos en aquella época: por ampliar los límites de sus propiedades, en este caso el reino astur, con la intención de recuperar un pasado que poco a poco se extinguía, aunque no fue hasta la llegada de Alfonso III el Magno en que se implantó la idea de Reconquista.
El rey Favila

                El caso es que al año siguiente de llegar al trono Alfonso I, los bereberes del Mogreb, encabezados por Maysara, se levantan contra el emir cordobés ibn-Qatan. Se inician así una serie de luchas intestinas que conducirán al emirato hasta casi su destrucción. Enzarzados en estas lides, los ejércitos musulmanes descuidaron la frontera norte con el reino incipiente de Alfonso I, que, por otro lado, nunca habían considerado como tal, sino como unos levantiscos insubordinados que se habían pertrechado en una zona montañosa lejos de sus intereses. La primera consecuencia fue la de que las tropas del emir abandonaron estos puntos fronterizos, los mismos que los visigodos habían levantado para sujetar a los rebeldes cántabros. Así pues, Alfonso se pone al frente de un ejército, en el que también milita su hermano Fruela. Entre los dos aprovechan la ausencia militar musulmana e inician una campaña con diversas incursiones en territorio enemigo. Entre tanto, los motines bereberes se extienden por la península y el conflicto se convierte en una guerra civil. Gracias a esta circunstancia, Alfonso llega hasta ciudades muy alejadas de Primorias [zona ocupada por Pelayo, Favila y los primeros años de Alfonso I: la que rodea a Cangas de Onís y se alarga por el valle del río Saelia, la comarca vadiniense].  La larga lista de estas ciudades sería la siguiente: Lucus Augusti (Lugo), Tuy, Portucale (O Porto), Bracara Augusti  (Braga), Aquae Flavia (Chaves), Viseo, Asturica (Astorga), Legio (León), Simancas, Ledesma, Águeda, Helmantica (Salamanca), Ávila, Segovia, Saldaña, Nabe, Amaya, Oca, Sepúlveda, Clunia, Arganza, Uxama (Osma), Arce (Miranda del Ebro), Revenga, Carbonera, Cenicero y Alesanco. Como es lógico pensar, de todos estos lugares en ninguno dejó siquiera una guarnición, dado que se trataba únicamente de ataques esporádicos para debilitar las fuerzas del enemigo. Además, aprovechando la hambruna que hacia 750 sembró el centro y el norte peninsular de muerte y desesperación, con sus acosos agresivos arrasó por medio de incendios y otros diversos métodos una franja que hoy día es conocida como Tierra de Campos, la parte septentrional a lo largo del valle del río Duero. De este modo, colocaba entre las huestes musulmanas y su reino un obstáculo duro de rebasar, el desierto del valle del Duero.

El rey Alfonso I el Católico
                Consecuencia inmediata de estas campañas victoriosas fue la afluencia de mozárabes [cristianos que vivían en territorio dominado por el emirato cordobés], entre ellos nobles y clérigos, pero también campesinos arruinados por la guerra civil, el hambre y la sequía. Esto conlleva el repoblamiento de amplias zonas, con lo que se fortalecen las regiones próximas de Primorias: las costas gallegas, Cantabria, Vasconia, La Liébana, Sopuerta y Carranza (Vizcaya occidental), además del alto Ebro. Dentro de este ingente movimiento de migración se encuadra la construcción y restauración de numerosas basílicas, aunque no quede rastro de ellas, lo que dio la posibilidad de una cristianización más profunda y fuerte que irá aglutinando en su entorno a la nobleza y a la realeza; además, poco a poco irá acumulando una gran extensión de tierras, conseguidas con la presura o mediante donaciones, lo cual irá en menoscabo del minifundismo y del campesinado libre, que se ve impelido a arrendar la tierra de los señores. Incluida en esa labor ligada al estamento clerical se debe encuadra la construcción de una capilla y un monasterio, del que no queda nada, en las inmediaciones de la Cova Dominicae (Covadonga).

Estatua erigida en honor de Alfonso I
                En 754 el reino astur ya está consolidado. El Rey Católico se erige en punta de lanza del poder cristiano, pero su autoridad se tambalea dentro de los propios muros asturianos. Si bien hay quienes opinan que se casó en segundas nupcias, es casi seguro que haya vivido en concubinato con una esclava musulmana, cuyo nombre nos ha transmitido la tradición: Siselda, a la que hacen encerrada en un castillo del actual municipio de Caso. Sea como fuere, el rey, casado por segunda vez tras el fallecimiento de su esposa Ermesinda o en concubinato con una musulmana, tuvo un hijo bastardo, Mauregato, a quien sus súbditos mortificarán para aliviar sus propias frustraciones. Entre tanto, una facción política aviva el tema de este su tercer hijo y, así, la oposición se va preparando para atacar al poder real.


                De momento llega el año 756 y la guerra civil musulmana llega a su fin. El trono cordobés es ocupado por Abd al-Rahman I. En poco tiempo reunifica todo el emirato y fortalece su reino, lo que obliga a Alfonso I a pedir una paz, que sellará mediante un tributo periódico al emir. Tal fortalecimiento se hace posible gracias a una política un tanto independentista, pues, si bien guarda las formas, Corduba se convierte en un emirato con un débil vínculo con el califa; es el período conocido como “ficción califal”, que desembocará en la total independencia frente a Damasco, de forma paradójica justo cuando el reino astur llegue a su fin. Por todo esto, ya podemos hablar de dos reinos enfrentados claramente entre sí: el de Cangas de Onís y el de Córdoba. La nueva situación de tributarios molesta a la nobleza, sobre todo a la gallega y a la vascona, por cuyo motivo intentan debilitar la posición Alfonsina, ya maltratada por su relación con Siselda; pero esta nobleza no tendrá tiempo de pedir explicaciones a su rey, pues muere en 757 sucediéndole su hijo Fruela.
Puente medieval sobre el río Sella en Cangas de Onías

domingo, 26 de mayo de 2013

REINO DE ASTURIAS: LOS PRIMEROS PASOS DEL REINO

Imaginemos la situación. Aparentemente era uno más de los conciliabula que se hacían desde época romana [reuniones periódicas de la comunidad]; pero la que tuvo lugar en 717 ó 718 tenía un carácter distinto. Se celebró en la Majada de la Corona, cerca de Caín, en los Picos de Europa. Reunidos los representantes de la nobleza y contando con el apoyo del medio rural, acuerdan nombrar a un líder, aun a sabiendas que un ejército, y aun más si el número de soldados disponibles era pequeño, no puede enfrentarse al temible ejército de la media luna. ¿Por qué no pensar que entre los reunidos se hallan varias damas, como Gaudeosa o Ermesinda? Cuando Pelayo sale elegido como caudillo, su esposa y su hija debieron de recibir la noticia con gesto hierático, como les correspondería. La tarea no iba a resultar nada fácil: deshacerse del poder de Munuza y conseguir ciertas libertades, como en su momento habían hecho sus ancestros ante romanos y visigodos. Para la elección del caudillo se tuvo en cuenta no sólo las aptitudes de Pelayo, sino también su anterior cargo a las órdenes de Rodrigo y, si bien nadie se atrevía a confesarlo abiertamente, su parentesco con las gentes astures, ya que Pelayo descendía de un recio abolengo autóctono; de este modo, agricultores, ganaderos, artesanos y cualesquiera otros seguirían con mayor convicción a uno de su tierra que a otro venido de la corte toledana. Todo esto bien pudiera haber sido realidad o, al menos, un trasunto de ella, ¿por qué no?

Imagen del rey Pelayo
                A lo largo de los tres años siguientes Pelayo y sus partidarios se adueñaron de aquella zona montañosa e incluso se expandieron un poco a lo largo del valle del río Saelia, aunque sus correrías no les suponía más que un incordio algo agobiante a los dueños musulmanes. No se sabe cómo, Munuza debió de hacer prisionero a Pelayo y enviarlo a Corduba. Seguramente pertenece al mundo de la fábula el rumor de que el valí de Gigia o Jegione lo había enviado a al-Andalus con la pretensión de hacerse con los favores de su hermana, o bien porque el cristiano se había opuesto a su unión. De ser cierto ese intento de matrimonio, debiéramos verlo como un propósito de atraerse a la nobleza sublevada, un acercamiento a los nobles descontentos con la política de Munuza. Sea como fuere y siguiendo la leyenda, Pelayo se escapa de los centinelas y regresa a las montañas cercanas a Onís, en donde le aguardan nobles y campesinos dispuestos a levantarse en armas contra la invasor, así como su mujer Gaudeosa y sus hijos Favila y Ermesinda. La realidad es que, finalmente, Pelayo se alzó contra Munuza con la ayuda de otros nobles astures y cántabros, cuyo motivo último habrá que buscarlo más bien en la política seguida por el valí: Munuza eleva los impuestos; además, se agrandan las diferencias sociales, económicas, políticas y religiosas dentro de la región. Los nobles pierden muchos de sus privilegios y la presión del nuevo gobierno les agobia a tal punto, que muchos deciden combatir con las armas al nuevo gobernante.
Estatua erigida en honor de Pelayo no muy lejos de Caín

                Los sublevados consiguen cierta autonomía en torno al Auseva, lugar desde el cual continúan enfrentándose al valí Munuza. Éste nada puede contra ellos, pues no cuenta con los refuerzos suficientes para pacificar toda la zona montañosa; el emir de Corduba, al-Hurr, ninguneando el norte peninsular, está empeñado en penetrar en Europa, aunque se encuentra con las tropas francas, frente a las cuales sufre un calamitoso desastre. En 721 muere el emir y le sucede Anbasah. El nuevo mandatario reorganiza el ejército derrotado en Toulouse, Francia, y avanza victorioso por el sur de la Galia. Ante esta nueva expectativa y confiado en su potencial, envía una expedición de castigo contra los rebeldes astures dirigida por al-Khama. Los musulmanes obtienen algunos éxitos mientras se acercan al refugio de Pelayo y sus hombres. A finales de mayo de 722 los soldados de al-Khama se hallan cruzando un paso angosto en las faldas del monte Auseva; los insurrectos les sorprenden y la expedición es destrozada. Una parte consigue huir hacia la Liébana a través de los Picos de Europa; pero otra parte decide internarse en la región y dirigirse hacia Gigia, sembrando miedo y desconcierto allí por donde pasan. Quizás entre los derrotados se hallara el prelado Opas [hermano del difunto Witiza y aliado de los nuevos señores], según cuenta la leyenda; sin embargo, nada seguro hay al respecto.

Estatua de Pelayo en Gijón
                Tras el descalabro sufrido, Munuza organiza la huida hacia la Meseta, pero es alcanzado en Olalies (Valdolayés), un valle que forma límite con Peña Rey entre Turón y Villanueva de Santo Adriano. Esta nueva escaramuza da alas a los levantiscos astures, que establecen una especie de capital o corte en Cangas de Onís. Además, consagran el lugar de su primera victoria a la Virgen, de ahí que se la llamara Cova Dominicae a la gruta desde donde habían acechado al enemigo. Cova Dominicae se convertirá desde entonces en un emblema para los futuros reyes. No obstante, la insurrección no termina ahí. Pelayo inicia una serie de hostigamientos con el fin de fortalecer su independencia; por eso, no duda en llamar a su lado a un joven noble cántabro, Alfonso, hijo del duque de Cantabria. Para sellar la unión de los dos linajes Pelayo y su cónyuge, Gaudeosa, entregan la mano de su hija, Ermesinda, a Alfonso. Así, Pelayo, su hijo Favila [o Fáfila, según otros] y su cuñado Alfonso acosan continuamente al poder musulmán, dificultando su desarrollo económico y atentando la estabilidad social al infestar los caminos de asaltos y robos, pues no permiten el comercio con la zona sur. Todas estas acciones son consideradas como simples escaramuzas desde el bando enemigo, de las que ya estaban acostumbrados a padecer; además, sus esfuerzos se centraban en la Galia, considerando que ya tendrían tiempo para sojuzgar a los inquietos rebeldes. Cabe la posibilidad de que ni siquiera los propios amotinados tuvieran la finalidad de formar un nuevo reino; de ser así, es casi seguro que al final de sus días Pelayo fuese considerado como un auténtico rey en lucha contra el poder cordobés.
La supuesta tumba de Pelayo y su mujer Gaudeosa


                Gaudeosa, la mujer de Pelayo, Ermesinda, la mujer de Alfonso, y Froiliuba, la mujer de Favila, sin duda no representan un estamento improductivo. Como ya hemos dicho, las mujeres tenían una gran importancia; de hecho, la línea sucesoria al trono se producirá por medio de la mujer, como así hará Alfonso, hijo de Pedro, duque de Cantabria. En 726 el emir cordobés Anbasah expira, once años después hará lo propio Pelayo en la capital de su insignificante reino, Cangas de Onís. Su cuerpo, se dice, fue enterrado en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, junto a su esposa, muerta con anterioridad, Gaudeosa. El trono asturiano es ocupado por el hijo del rey muerto, Favila, en el cual trono permanece dos años, al cabo de los cuales, se dice, salió de caza y un oso acabó con su vida. De su tan exiguo reinado no cabe otra mención más que la iglesia de la Santa Cruz, en Cangas de Onís, mandada construir sobre una antigua estructura, a su vez levantada sobre un primitivo dolmen. Esta obra supone, por otra parte, la primera manifestación artística de la Monarquía Asturiana, aunque de dicha construcción apenas si se conserva la lápida de fundación, en la que se puede leer con claridad “En este lugar fueron consagrados a Cristo los altares por el vate Asterio en el año trescientos de la sexta edad del mundo. En la era setecientos setenta y cinco”. Es en esta iglesia, precisamente, en donde parece ser que fue enterrado.
Cova Dominicae [Covadonga]


domingo, 19 de mayo de 2013

REINO DE ASTURIAS: CONSIDERACIONES GENERALES

La bandera del Principado de Asturias




Cuando al prestigioso periodista italiano Indro Montanelli se le concedió el Premio Príncipe de Asturias, él mismo confesó sentirse nervioso por el momento en que debía recoger el premio de manos de su Alteza Real, pues que España tenía fama de solemnes protocolos. Yo, sin pretender compararme con tan ilustre escritor, me veo en circunstancias parecidas ante el compromiso de iniciar esta escueta introducción a la breve historia sobre la Monarquía Asturiana. Sin que ello sirva de excusa ante los más que posibles errores que se puedan hallar, quien intenta realizar un estudio sobre los reyes asturianos se encuentra con la ardua tarea de hacer frente a unas historiografías en exceso subjetivas, cuando no alteradas. En las crónicas de tiempos del Rey Magno, Alfonso III, se encuentra una gran cantidad de versiones y visiones encaminadas a ensalzar la acción restauradora de un orden político y religioso humillado y desaparecido con la llegada de la religión islámica y sus propagadores. Las referencias a este reino asturiano por parte de la España musulmana son más bien escasas, las carolingias lo son aún más.
                Críticos y estudiosos del tema, algunos de ellos de renombre, tampoco se ponen de acuerdo sobre le fecha en que se produjeron algunos acontecimientos, llegando a disentir de forma abultada con respecto a las causas y consecuencias. Incluso hay quienes ponen en duda la existencia de algunos personajes o de algunos hechos, al menos tal como se nos han sido transmitidos, aunque no llegan al punto de negar por completa dicha existencia. En donde sí parece que se aproximan todos es a la hora de describir la situación social, económica y religiosa del pueblo astur [o ástur, según otros apuntes], a pesar de que en ciertos puntos sigue habiendo alguna discrepancia: desde los límites territoriales con sus divisiones correspondientes, hasta los pobladores de cada zona o comarca y sus explotaciones agrícolas y ganaderas. Se podría afirmar que esta época representa la visión que de la Edad Media tiene el ciudadano de hoy día: un lapsus de oscuridad que se interpone entre la brillantez del Imperio Romano y el resurgir italiano del Renacimiento; época de fanatismo religioso, de feudalismo inquietante, de transición entre el dominio aplastante de Roma y la formación de los estados actuales. Si bien todo esto, también cabe mencionar que tales ideas van siendo trocadas poco a poco y aquella época ya no es tan oscura ni tampoco una simple transición.
                Por si todo esto fuera poco, también hay que tener en cuenta las leyendas y mitos surgidos entonces o poco más tarde, sobre todo en ámbitos rurales y poco contaminados por la influencia religiosa o política; pero también en los territorios palaciegos y de cierta cultura, donde se fraguan conceptos y se materializan ideas con un claramente político y religioso. Tales leyendas pueden ayudar a entender algunos aspectos del sentir cotidiano, de los rumores, ciertos o no, que andaban en boca de todos; en cierta medida estas leyendas aportan datos que, manejándolos con el debido cuidado, pueden arrojar alguna luz sobre el oscuro pozo de estos dos siglos de reinado asturiano.
                Una última acotación: se ha pretendido acercar al lector a aquellos tiempos mediante los topónimos medievales en su mayoría. En cuanto a los nombres personales, se ha optado por emplear la forma actualizada; con respecto a los arábigos, ya que existe una gran variación a la hora de alfabetizarlos, se ha procurado seguir una línea única, si bien existen otras formas de transcripción. Así pues, una vez advertido el peligro que supone adentrarse por las callejuelas en penumbra de los reyes asturianos, vayamos con paso firme y decidido hasta donde nuestra paciencia aguante. Digamos con Alberto Porlan, que “el estudio de la Reconquista es un gran rompecabezas jalonado por una sucesión de hechos mal documentados. La mayor complicación reside en que estos tenían lugar en distintos ámbitos. No se trata de analizar un enfrentamiento permanente y homogéneo entre árabes musulmanes y cristianos europeos. También había europeos musulmanes, árabes cristianos y musulmanes no árabes. Y cristianos enfrentados a cristianos y musulmanes enfrentados a musulmanes. Y judíos, contra los que a veces se enfrentaban todos.”



Localización actual del Principado de Asturias

                El valle del río Saelia (Sella), habitado desde antiguo por la tribu de los vadinienses, ya supuso un foco de resistencia importante a la expansión del poder romano. Sobre si los vadinienses eran asturianos o cántabros [cuestión fútil y, para el caso, totalmente intranscendente] caben pocas dudas; aunque en aquella zona se hallaban unos y otros conviviendo en una misma parcela, parece ser que los vadinienses son descritos como cántabros más que como astures. Ahora bien, esta división entre astures y cántabros resulta del todo aleatoria, dado que en aquel tiempo la franja norteña estaba ocupada por una gran diversidad de tribus, casi todas ellas de ascendencia celta o con importantes contactos con esta cultura centroeuropea. Más que hablar de divisiones entre astures y cántabros habría que hablar de vadinienses, luggones, paesicos, orgenomescos, etc. Al fin y al cabo, con la presión romana y la posterior visigoda unos y otros se concentrarían en la misma comarca, lo cual indica, a su vez, que poseían una impronta de pertenecer a un único pueblo, una especie de confederación de tribus sin que mediara una visión parcial del territorio como actualmente poseemos.
                El caso es que la romanización apenas si repercutió en muchos de estos lares, si bien al poder imperial se deben las rutas más importantes de comunicación con la meseta castellana, probablemente siguiendo un modelo anterior, sendas por donde las tribus norteñas se comunicaban con el sur [no olvidemos que si roma logró mantener su imperio durante tanto tiempo y dejar una impronta de tanta importancia, ha sido gracias a su sistema vial, único en toda la historia de la humanidad].
                Por un lado estaba el paso por el puerto Pajares, desde el campamento de la Legio VII Gemina (León). Así, partiendeo de Legio se remonta el río Bernesga hasta llegar al puerto y desde ahí hacia Cornellana, Campomanes, el valle del río Lena, Vega del Ciego, valle de Ujo, Mieres y Lucus Asturum (Lugo de Llanera) para terminar en Gigia o Jigione (Gijón). Un segundo itinerario partía desde Villablino y a través de Ponferrada y Las Médulas llegaba al puerto de Leitariegos. Entre estos dos puertos se hallan otros varios, de entre los cuales el más afamado ya desde aquellos tiempos es el del puerto de la Mesa. Había dos rutas posibles: desde Asturica Augusta (Astorga) por La Carrera, Castillo de Cepeda, Vegarienza o Riellos, la cuenca alta del río Luna, Las Ventas, Villafeliz, Puente Orugo, San Emiliano, Candamuela, Genestosa o Torrebarrio y, finalmente, Torrestío [a unos tres kilómetros del puerto de La Mesa]; la otra senda parte de Villadangos de Páramo para remontar el río Órbigo, luego atraviesa Villanueva de Carrizo, Cimares de Tejar, Espinosa, La Magdalena, el valle del río Luna, Los Barrios, Láncara, Sena, Ventas de Villafeliz y, por último, se une a la otra senda en San Emiliano. No podemos omitir otro punto estratégico militarmente y que tuvo su importancia en los primeros compases de la conquista legionaria: el paso por el cordal de Carraceo, entre los concejos de Aller y Lena [que, curiosamente, también tendrá su relevancia durante la invasión árabe y el posterior surgimiento del reino astur].
                Además, los romanos dejaron su huella en forma de explotaciones mineras y de villas; eran éstas territorios dominados por un señor que poseía una casa alrededor de la cual se hallaban los barracones para el ganado y los aperos de labranza, el almacén para los frutos campestres y una serie de huertos, jardines y praderías. Así, cuando los visigodos se hicieron con las tierras hispanas, las norteñas estaban ligadas a estas villas, donde se cultivaban árboles frutales [sobremanera el manzano, de cuyas excelencias ya hablaba Plinio el Viejo, aludiendo a la bebida que de ellas se extraía y que menciona como sicera (léase síquera)], cereales y viñedos; también persistían los terrenos montaraces y los pastos para la ganadería. De todo ello destaca la proliferación de viñedos y pomaradas, el ganado vacuno y el ovino, y el asturcón [admirado por sus contemporáneos romanos], muy apropiado para los trabajos campestres y para aguantar las condiciones climáticas de la región.
                Una vez más, la zona vadiniense que la que con más empeño se opuso al dominio del nuevo invasor centroeuropeo, los godos. Según es tradición, el motivo tal vez lo haya que buscar en la menor romanización de este norte peninsular, en donde continuaban en vigencia muchas de sus ancestrales normas y usos, en contraposición con el resto de la península visigoda. Ese carácter sería lo que les mantuvo en constantes revueltas e insurrecciones al punto de que en el siglo VI se puede hablar de reinos independientes: por un lado el de Toledo y por otro el conformado por el centro y occidente de Asturias, Cantabria y parte septentrional de Burgos. Poco a poco la diferenciación se va acentuando, las tierras se parten y comienza a proliferar el minifundismo, siendo el sistema feudal prácticamente desconocido, mientras que del esclavismo apenas si hay noticias. Los antiguos ritos religiosos mantienen su validez frente a la escasa influencia cristiana; la nueva religión era introducida no por obispos o sacerdotes, sino por anacoretas que iban en busca de cuevas o lugares consagrados por el paganismo. Socialmente la mujer ocupaba una posición muy alta, en una especie de matriarcado un tanto laxo, pero que habrá de marcar el sistema sucesorio del reino hasta el siglo IX.
                Ante las constantes incursiones de los pueblos transmontanos, el rey visigodo decide establecer al sur de la Cordillera Cantábrica una serie de ciudadelas o fortalezas defensivas que impidieran el pillaje de las tierras meseteñas. Mas la política de defensa visigoda habrá de cambiar con Leovigildo. Éste se enfrentará abiertamente a los suevos, qu4e estaban asentados en la zona galaica. En el año 585 Leovigildo los derrota, lo que permite a los visigodos la penetración en Asturias. La dominación visigoda está marcada por las frecuentes rebeliones de la nobleza asturiana y cántabra, como por ejemplo cuando Sisebuto envió al duque Riguila para aplastar una sublevación asturiana en 612 o cuando, tres años después, el futuro rey Suintila fue enviado contra los roccones. Este estado continuo de rebeldía llega a su fin en 642, cuando accede al trono toledano Chindasvinto. Este rey, para debilitar la resistencia norteña, divide la zona en dos administraciones distintas: la Asturiensis y la Cantabriae [reforma terminada por su hijo Recesvinto, que había sucedido a su padre en 653, y que aún perdura hoy en día, casi un milenio y medio después]. Durante esta época visigoda se produjo un cambio climático importante: la temperatura bajó y llegó a la cornisa cantábrica un clima húmedo con frecuentes lluvias y nevadas. Este cambio climático favoreció la proliferación de una vegetación espesa y abundantes pastos, lo que incrementó la ganadería. Este hecho, unido a la división administrativa antes mencionada, produjo una gran dispersión de la población, ayudada por la orografía, que, por otra parte, imposibilitaba el comercio con la Meseta. De nuevo las circunstancias dificultaban la visigotización y la penetración del cristianismo, por lo que los rituales paganos conservaron su impronta, bien de forma aislada o bien en mezcolanza con el culto visigodo.
                Muy lejos de aquellos parajes, a principios del siglo VIII, algo se movía en el norte de África: un ejército que avanzaba imparable bajo el emblema de la media luna a las órdenes de Musa ibn-Nusayr [nombrado gobernador de Egipto y Túnez por el califa de la lejana Damasco, al-Walid]; esta masa bélica llegaba a Tingi (Tánger) y la ocupaba sin mayor dificultad en 707. Musa nombra, a su vez, gobernador de esta ciudad a Tariq ibn-Ziyad. Tres años después, aprovechando las luchas civiles por el trono visigodo en la península ibérica, una expedición musulmana al mando de Tarif ibn-Malluk [según otros autores, Tarif Abu Zora] desembarca en Chazirat Tarif, que se traduce como Isla de Tarif (Tarifa), con apenas cuatrocientos hombres. Después de una rápida expedición de rapiña regresa al continente africano. Mientras tanto, en Hispania Witiza y Rodrigo, duque de la Bética, se enzarzan en una lucha fratricida por alzarse con el solio toledano, resultando ganador el primero de ellos, Witiza; pero, cuando el nueve rey muere, la lucha continúa con su hijo Akhila II y el propio Rodrigo. La nobleza hispana se divide entonces en dos bandos [como dato curioso, de entre los que apoyaban a Rodrigo estaba un tal Favila, noble de linaje asturiano, que en la lucha acaba muriendo a manos de los partidarios de Akhila; de su hijo, Pelayo, hay quienes dicen que llegó a ser espatario, guardia personal, del propio Rodrigo]. Por fin, parece que el duque de la Bética consigue hacerse con el trono, pero Akhila no se da por vencido y acude al gobernador africano Musa. A finales de la primavera del año 711 un ejército musulmán compuesto por once mil soldados está dispuesto para intervenir en el conflicto sucesorio toledano. El conde Julián, gobernador de Ceuta y a la sazón partidario de Akhila, permite a las tropas musulmanas partir desde su territorio [luego excusará su actuación aduciendo que se trataba de una venganza personal contra el rey Rodrigo, pues éste habría abusado de su hija en Toletum (Toledo)]. Así pues, Musa pone al frente del ejército al gobernador de Tingi, el bereber Tariq [para otros autores sería un tal Abjar-Maymu’a Tarif] y las tropas toman tierra en un promontorio de Calpe, Chabal al-Tariq, traducido como Monte de Tariq (Gibraltar). En aquel momento Rodrigo se hallaba combatiendo en Pompaelo (Pamplona), mas, en cuanto tuvo noticias del desembarco, acudió a su encuentro previendo la importancia de la contienda. El 26 de julio de 711 ambos ejércitos se encuentran a orillas de la laguna de La Janda, al este de Vejer. La batalla, conocida por la de Guadalete, inclina la balanza hacia el lado musulmán, que acaba destrozando las huestes cristianas, para continuar la invasión sin apenas hallar quien se oponga. En tan sólo tres años el ejército se halla ante las murallas de la Cordillera Cantábrica.
                Al igual que habían hecho los visigodos, los nuevos invasores se internan por la comarca galaica hasta llegar a la costa. Estamos en 714 y Musa decide entrar en Asturias desde Lucus Augusti (Lugo), según cuenta el texto escrito por al-Makkeri. En el itinerario probable que siguieron, debieron de haber pasado por Fonsagrada, Grandas de Salime, Pola de Allande, Tineo, Salas, Cornellana, Grado… No obstante, no consta en ningún escrito hasta dónde siguieron penetrando las tropas; de todas formas, se sabe que pronto (716) Otman ibn-Neza, Munuza, que había sido compañero de armas de Musa, es nombrado valí de Gigia por el nuevo emir de la Colonia Iulia Romula Hispalis (Sevilla), llamado al-Hurr ibn-al-Rahmen Atsakafi, quien al año siguiente traslada la capital a Colonia Patricia Corduba (Córdoba).
                Al igual que en ocasiones anteriores, la comarca de los vadinienses vuelve a mostrarse como un foco de constante rebeldía, hostigando a Munuza con episodios de rapiña y bandolerismo, que se intensifican en los alrededores del monte Auseva. Entre estos astures insurrectos se hallan algunos visigodos huidos de la influencia musulmana.

Extensión y orografía del actual Principado de Asturias